Pedro está trabajando en su ordenador. Es una brillante mañana temprana, y está tipeando un correo electrónico, creo.
—Buenos días —murmuro tímidamente desde la puerta. Se voltea y me sonríe.
—Sra. Alfonso. Te levantaste temprano. —Abre los brazos.
Atravieso la suite corriendo y me enrosco en su regazo.
—Tú también.
—Sólo estaba trabajando. —Se mueve mientras besa mi cabello.
—¿Qué? —pregunto, sintiendo que algo anda mal.
Suspira.
—Recibí un correo electrónico del Detective Clark. Quiere hablar contigo sobre ese hijo de puta de Hernandez.
—¿En serio? —Me inclino hacia atrás para mirar a Pedro.
—Sí. Le dije que estabas en Portland por el momento, así que tendría que esperar. Pero dice que le gustaría entrevistarte aquí.
—¿Va a venir?
—Aparentemente. —Pedro luce aturdido.
Frunzo el ceño.
—¿Qué es tan importante que no puede esperar?
—Exactamente.
—¿Cuándo vendrá?
—Hoy. Le responderé el correo electrónico.
—No tengo nada que ocultar. Me pregunto, ¿qué querrá saber?
—Lo descubriremos cuando llegue aquí. Yo también estoy intrigado. — Pedro se mueve una vez más—. El desayuno estará aquí pronto.Comamos, después podemos ir a ver a tu padre.
Asiento.
—Puedes quedarte aquí si quieres. Puedo ver que estás ocupado.
Él frunce el ceño.
—No, quiero ir contigo.
—De acuerdo. —Sonrío, y rodeo su cuello con mis brazos y lo beso.
******
Reinaldo está de mal humor. Es una alegría. Está incómodo, molesto e impaciente.
—Papá, has estado en un grave accidente de coche. Te tomará un tiempo sanar. Pedro y yo queremos trasladarte a Seattle.
—No sé por qué se molestan por mí. Estaré bien aquí solo.
—No seas ridículo. —Aprieto su mano con cariño, y tiene la gracia de sonreírme—. ¿Necesitas algo?
—Mataría por una dona, Pau.
Le sonrío indulgentemente.
—Te conseguiré una o dos. Iremos a Voodoo.
—¡Genial!
—¿Quieres un café decente, también?
—¡Demonios, sí!
—De acuerdo, te traeremos un poco.
******
Una vez más, Pedro está en la sala de espera, hablando por teléfono.
Realmente debería armar una oficina aquí. Extrañamente, está solo, a pesar de que las otras camas de la UCI están ocupadas. Me pregunto si Pedro ha espantado a los otros visitantes. Cuelga.
—Clark estará aquí a las cuatro de la tarde.
Frunzo el ceño. ¿Qué puede ser tan urgente?
—De acuerdo. Reinaldo quiere café y donas.
Pedro ríe.
—Creo que yo también querría eso si hubiera estado en un accidente.
Pídele a Taylor que vaya.
—No, iré yo.
—Lleva a Taylor contigo. —Su voz es severa.
—De acuerdo. —Pongo los ojos en blanco y él me da una mirada feroz.
Luego sonríe e inclina la cabeza.
—No hay nadie aquí. —Su voz es deliciosamente baja, y sé que está amenazando con darme nalgadas. Estoy a punto de desafiarlo, cuando una joven pareja entra en el cuarto.
Ella está llorando suavemente.
Me encojo de hombro en un gesto de disculpas, y él asiente.
Recoge su portátil, toma mi mano y me saca del cuarto.
—Necesitan más privacidad que nosotros —murmura Pedro—. Nos divertiremos luego.
Afuera Taylor espera pacientemente.
—Vayamos todos a buscar café y donas.
*****
A las cuatro en punto exactas hay un golpe en la puerta de la suite. Taylor hace entrar al Detective Clark, quien luce más malhumorado que de costumbre. Siempre parece estar de mal humor. Tal vez sea la forma en que su rostro está formado.
—Sr. Alfonso, Sra. Alfonso, gracias por recibirme.
—Detective Clark. —Pedro le da la mano y le indica que se siente. Me siento en el sofá donde gocé tanto anoche. La idea me hace ruborizar.
—Es a la Sra. Alfonso a quien deseo ver —dice Clark intencionadamente a Pedro y a Taylor parado junto a la puerta. Pedro mira y luego asiente casi imperceptiblemente a Taylor, quien da media vuelta y se va, cerrando la puerta detrás de él.
—Cualquier cosa que quiera decirle a mi esposa puede decirla frente a mí. —La voz de Pedro es fría y profesional. El Detective Clark se vuelve hacia mí.
—¿Está segura de que quiere que su esposo esté presente?
—Por supuesto. No tengo nada que ocultar. ¿Sólo me está entrevistando?
—Sí, señora.
—Me gustaría que mi esposo se quedara.
Pedro se sienta junto a mí, irradiando tensión.
—Está bien —murmura Clark resignado. Se aclara la garganta—. Sra. Alfonso, el Sr. Hernandez mantiene que usted lo acosó sexualmente y que le hizo varios avances lascivos.
¡Oh! Casi estallo en carcajadas, pero pongo mi mano en el muslo de Pedro para contenerlo a la vez que se mueve hacia adelante en su asiento.
—Eso es absurdo —farfulla Pedro. Aprieto su pierna para silenciarlo.
—Eso no es verdad —declaro calmadamente—. De hecho, fue a la inversa. Él me hizo propuestas deshonestas de una manera muy agresiva, y fue despedido.
La boca del Detective Clark se aplana brevemente en una fina línea antes de continuar.
—Hernandez alega que usted fabricó una historia de acoso sexual para lograr que fuera despedido. Dice que hizo eso por que él rechazó sus avances y porque quería su trabajo.
Frunzo el ceño. Maldición. Jeronimo está incluso más demente de lo que había pensado.
—Eso no es verdad. —Sacudo la cabeza.
—Detective, por favor no me diga que condujo hasta aquí para hostigar a mi esposa con estas ridículas acusaciones.
El Detective Clark vuelve su fría mirada azul hacia Pedro.
—Necesito oír esto de la Sra. Alfonso, señor —dice con calmado control.
Aprieto la pierna de Pedro una vez más, implorándole silenciosamente que mantenga la calma.
—No necesitas oír esta mierda, Paula.
—Creo que debería hacerle saber al Detective Clark lo que sucedió.
Pedro me mira impasible por el latido de un corazón, luego hace un gesto de resignación con la mano.
—Lo que Hernandez dice simplemente no es verdad. —Mi voz suena calma, aunque no me siento así en lo absoluto. Estoy desconcertada por todas estas acusaciones y nerviosa por que Pedro pueda explotar. ¿Cuál es el juego de Hernandez?
—. El Sr. Hernandez me abordó en la cocina de la oficina una noche. Me dijo que fue gracias a él que yo había sido contratada y que esperaba favores sexuales a cambio. Intentó chantajearme, usando correos electrónicos que yo le había enviado a Pedro quien no era mi esposo en ese entonces. No sabía que Hernandez había estado monitoreando mis correos.
Él está delirando; incluso me acusó de ser una espía enviada por Pedro, presumiblemente para ayudarlo a apoderarse de la compañía.
Él no sabía que Pedro ya había comprado SIP. —Sacudo la cabeza mientras recuerdo mi estresante y tenso encuentro con Hernandez—. Finalmente, yo… yo lo derribé.
Las cejas de Clark se elevan con sorpresa.
—¿Lo derribó?
—Mi padre solía estar en el ejército. Hernandez… um, me tocó, y yo sé cómo defenderme.
Pedro me mira con una breve mirada de orgullo.
—Ya veo —Clark se inclina hacia atrás en el sofá, suspirando pesadamente.
—¿Ha hablando con alguna de las anteriores AP de Hernandez? —pregunta Pedro casi afablemente.
—Sí, lo hemos hecho. Pero la verdad es que no podemos lograr que ninguna de sus asistentes hable con nosotros. Todas dicen que él es un jefe ejemplar, aunque ninguna duró más de tres meses.
—Nosotros también hemos tenido ese problema —murmura Pedro.
¿Oh? Miro a Pedro con la boca abierta al igual que lo hace el Detective Clark.
—Mi jefe de seguridad. Él entrevistó a las cinco AP de Hernandez.
—¿Y por qué hizo eso?
Pedro le da una mirada acerada.
—Porque mi esposa trabajaba para él, y hago revisiones de seguridad sobre todas las personas que trabajan con mi esposa.
El Detective Clark se sonroja. Me encojo de hombros en señal de disculpa con una sonrisa que dice bienvenido a mi mundo.
—Ya veo —murmura Clark—. Creo que aquí hay más de lo que se ve, Sr. Alfonso. Mañana llevaremos a cabo una búsqueda más exhaustiva de su departamento, así que quizás aparezca. Aunque al parecer no ha vivido ahí por largo tiempo.
—¿Ya han revisado?
—Sí. Lo haremos de nuevo. Una búsqueda de huellas dactilares esta vez.
—¿Todavía no lo han acusado por el intento de homicidio de Rosario Bayley y de mí? —dice Pedro suavemente.
¿Qué?
—Esperamos encontrar más evidencia relacionada con el sabotaje de su helicóptero, Sr. Alfonso. Necesitamos más que una huella parcial, y mientras él esté en custodia, podemos construir un caso.
—¿Eso es por todo lo que vino hasta aquí?
Clark se eriza.
—Sí, Sr. Alfonso, lo es, ¿a menos que se le haya ocurrido algo más sobre la nota?
¿Nota? ¿Qué nota?
—No. Se lo dije. No significa nada para mí. —Pedro no puede ocultar su irritación—. Y no puedo ver por qué no podríamos haber hecho esto por teléfono.
—Creo haberle dicho que prefiero un enfoque práctico. Y estoy visitando a mi tía abuela quien vive en Portland… dos pájaros… un tiro. —Clark mantiene una expresión de piedra ante el mal humor de mi esposo.
—Bueno, si hemos terminado, tengo trabajo que atender. —Pedro se pone de pie y el Detective Clark entiende la señal.
—Gracias por su tiempo, Sra. Alfonso —dice cortésmente.
Asiento.
—Sr. Alfonso. —Pedro abre la puerta, y Clark se va.
Me hundo en el sofá.
—¿Puedes creer a ese imbécil? —explota Pedro.
—¿Clark?
—No, ese hijo de puta, Hernandez.
—No, no puedo.
—¿Cuál es su maldito juego? —susurra Pedro a través de dientes apretados.
—No lo sé. ¿Crees que Clark me creyó?
—Por supuesto que lo hizo. Sabe que Hernandez es un retorcido hijo de puta.
—Eres muy insultador.
—¿Insultador? —Pedro sonríe—. ¿Es esa siquiera una palabra?
—Lo es ahora.
Inesperadamente él sonríe y se sienta junto a mí, tomándome en sus brazos.
—No pienses en ese hijo de puta. Vayamos a ver a tu padre e intentemos hablar sobre el traslado mañana.
—Él fue firme al decir que quería quedarse en Portland y no ser una molestia.
—Hablaré con él.
—Quiero viajar con él.
Pedro me mira, y por un momento creo que va a decir que no.
—De acuerdo. Iré también. Salazar y Taylor pueden tomar los autos. Dejaré que Salazar conduzca tu R8 esta noche.
Lágrimas corren por mis mejillas. Ha regresado. Mi padre ha
regresado.
—No llores, Pau —La voz de Reinaldo está ronca—. ¿Qué sucede?
Tomo su mano entre las mías y la acuno contra mi rostro.
—Has tenido un accidente. Estás en el hospital en Portland.
Reinaldo frunce el ceño, y no sé si es porque esta incómodo por mi atípica muestra de afecto, o porque no puede recordar el accidente.
—¿Quieres un poco de agua? —pregunto, aunque no estoy segura de que se me permita darle algo. Él asiente, perplejo. Mi corazón se hincha. Me pongo de pie y me inclino hacia él, besando su frente—. Te amo, papá.Bienvenido de vuelta.
Él mueve su mano, avergonzado.
—Yo también, Pau. Agua. —Corro la corta distancia hacia el puesto de enfermeras.
—¡Mi padre… está despierto! —Le doy una sonrisa radiante a la Enfermera Kellie, quien me devuelve el gesto.
—Llama a la Dra. Sluder —le dice a su colega y apresuradamente rodea el escritorio.
—Quiere agua.
—Le llevaré un poco.
Regreso dando brincos a la cama de mi papá, me siento tan alegre. Sus ojos están cerrados cuando llego, e inmediatamente me preocupa que haya entrado de nuevo en coma.
—¿Papá?
—Estoy aquí —murmura, y sus ojos se abren con un aleteo a la vez que la Enfermera Kellie aparece con una jarra llena de astillas de hielo y un vaso.
—Hola, Sr. Chaves. Soy la enfermera Kellie. Su hija me dice que está sediento.
*****
En la sala de espera, Pedro está mirando atentamente su portátil, profundamente concentrado. Levanta la mirada cuando cierro la puerta.
—Está despierto —anuncio. Él sonríe, y la tensión alrededor de sus ojos desaparece. Oh... no lo había notado antes. ¿Ha estado tenso todo este tiempo? Él deja su portátil a un lado, se pone de pie, y me abraza.
—¿Cómo está? —pregunta mientras lo envuelvo con los brazos.
—Hablando, sediento y desconcertado. No recuerda el accidente en lo absoluto.
—Eso es comprensible. Ahora que está despierto, quiero que sea trasladado a Seattle. Entonces podremos ir a casa, y mi madre puede vigilarlo.
¿Tan pronto?
—No estoy segura que esté lo suficientemente bien para ser trasladado.
—Hablaré con la Dra. Sluder. Le pediré su opinión
—¿Extrañas nuestro hogar?
—Sí.
—De acuerdo.
*****
—No has dejado de sonreír —dice Pedro mientras me detengo fuera del Heathman.
—Estoy muy aliviada. Y feliz.
Pedro sonríe.
—Bien.
La luz está desvaneciéndose, y tiemblo cuando salgo a la fría y vigorizante tarde y le entrego mi llave al muchacho del aparcamiento. Él mira mi coche con lujuria, y no lo culpo.
Pedro pone su brazo alrededor de mí.
—¿Deberíamos celebrar? —pregunta mientras entramos al vestíbulo.
—¿Celebrar?
—Por lo de tu padre.
Suelto una risita.
—Oh, él.
—He extrañado ese sonido. —Pedro besa mi cabello.
—¿Podemos simplemente comer en nuestra habitación? Ya sabes, ¿tener una noche tranquila?
—Seguro. Ven. —Tomando mi mano, me conduce a los elevadores.
*****
—Eso fue delicioso —murmuro con satisfacción mientras alejo mi plato, repleta por primera vez en un largo tiempo—. Aquí sí saben cómo hacer una deliciosa tarta Tatin33.
Estoy recién bañada y visto sólo la camiseta de Pedro y mi bombacha.
De fondo, el iPod de Pedro está en reproducción aleatoria y Dido canta en voz temblorosa sobre banderas blancas.
Pedro me mira especulativamente. Su cabello todavía está húmedo por nuestro baño, y sólo viste su camiseta negra y jeans.
—Eso es lo más que te he visto comer desde que estamos aquí —dice.
—Estaba hambrienta.
Él se reclina en su silla con una sonrisa satisfecha y toma un sorbo de su vino blanco.
—¿Qué te gustaría hacer ahora? —Su voz es suave.
—¿Qué quieres hacer tú?
Él levanta una ceja, divertido.
—Lo que siempre quiero hacer.
—¿Y eso es?
—Sra. Alfonso, no sea tímida.
Extendiendo mi brazo a través de la mesa, tomo su mano, la volteo, y rozo su palma con mi dedo índice.
—Me gustaría que me tocaras con esto. —Deslizo mi dedo por su dedo índice.
Él se remueve en la silla.
—¿Sólo eso? —Sus ojos se oscurecen y se calientan en seguida.
—¿Quizás esto? —deslizo mi dedo por su dedo medio y de regreso hacia su palma—. Y esto. —Mi uña traza su dedo anular—. Definitivamente esto. — Mi dedo se detiene en su anillo de matrimonio—. Esto es muy sexy.
—¿Lo es?
—Seguro que lo es. Dice este hombre es mío. —Y rozo el pequeño callo que ya se ha formado en su palma debajo del anillo. Él se inclina hacia adelante y coge mi barbilla con su otra mano.
—Sra. Alfonso, ¿me está seduciendo?
—Eso espero.
—Paula, ya estoy seducido. —Su voz es baja—. Ven aquí. —Él tira de mi mano, llevándome hacia su regazo—. Me gusta tener un acceso sin restricciones a ti. —Desliza una mano de mi muslo hacia mi trasero. Él toma mi nunca con la otra mano y me besa, sosteniéndome firmemente en el lugar.
Sabe a vino blanco y a tarta de manzana y a Pedro. Deslizo mis dedos por su cabello, sosteniéndolo contra mí mientras nuestras lenguas exploran y giran y se retuercen una contra la otra, mi sangre calentándose en las venas. Estamos sin aliento cuando Pedro se aleja.
—Vamos a la cama —murmura contra mis labios
—¿La cama?
Él se inclina hacia atrás aun más y tira de mi cabello para que lo mire.
—¿Dónde prefiere, Sra.Alfonso?
Mi diosa interna deja de atascarse con tarta Tatin. Me encojo de hombros, fingiendo indiferencia.
—Sorpréndeme.
Él sonríe con suficiencia.
—Estás combativa esta noche. —Desliza su nariz contra la mía.
—Quizá necesite ser controlada.
—Quizás así sea. Te estás poniendo enormemente mandona en tu edad avanzada. —Él entrecierra los ojos, pero no puede ocultar el latente humor ahí.
—¿Qué vas a hacer al respecto? —desafío.
Sus ojos destellan.
—Sé lo que me gustaría hacer al respecto. Depende de si estás dispuesta a ello.
—Oh, Sr. Alfonso, has sido muy tierno conmigo estos últimos días. No estoy hecha de vidrio, sabes.
—¿No te gusta tierno?
—Contigo, por supuesto. Pero sabes…. en la variedad está el gusto. —Agito mis pestañas.
—¿Quieres algo menos tierno?
—Algo que refuerce los aspectos positivos de la vida.
Él levanta las cejas con sorpresa.
—Algo que refuerce los aspectos positivos de la vida —repite, estupefacto humor en su voz.
Asiento. Él me mira por un momento.
—No te muerdas el labio —susurra y luego se pone de pie repentinamente conmigo en sus brazos. Jadeo y me agarro de sus bíceps, temerosa de que me dejará caer. Se dirige al más pequeño de los tres sillones y me deposita en él.
—Espera aquí. No te muevas. —Me da una breve, caliente e intensa mirada, y se vuelve sobre sus talones, dirigiéndose hacia el cuarto. Oh… Pedro descalzo. ¿Por qué sus pies son tan atractivos? Regresa unos momentos después, tomándome por sorpresa cuando se inclina hacia mí desde atrás.
—Creo que prescindiremos de esto. —Él toma mi camiseta y tira de ella sobre mi cabeza, dejándome desnuda excepto por mi bombacha. Tira de mi cola de caballo hacia atrás y me besa.
—Ponte de pie —ordena contra mis labios y me libera.
Obedezco inmediatamente. Él pone una toalla sobre el sofá.
¿Toalla?
—Quítate la bombacha.
Trago pero hago lo que me pide, dejándola junto al sofá.
—Siéntate. —Él toma mi cola de caballo una vez más y tira mi cabeza hacia atrás—. Me dirás que me detenga si se vuelve demasiado, ¿sí?
Asiento.
—Dilo. —Su voz es severa.
—Sí —chillo.
Él sonríe con suficiencia.
—Bien. Así que, Sra. Grey… por demanda popular, voy a controlarte. —Suvoz desciende a un susurro jadeante. El deseo simplemente pasa como unrayo por mi cuerpo ante esas palabras. Oh, mi dulce Cincuenta… ¿en el sofá?
—Levanta las rodillas —ordena suavemente—. Y siéntate atrás.
Apoyo los pies en el borde del sofá, mis rodillas justo frente a mí. Su mano va a mi pierna izquierda, y tomando el cinturón de una de las batas de baño, ata un extremo sobre mi rodilla.
—¿Batas de baño?
—Estoy improvisando. —Sonríe de nuevo y sujeta el nudo corredizo sobre mi rodilla y ata el otro extremo del suave cinturón al pináculo de la parte trasera del sofá, efectivamente separando mis piernas.
—No te muevas —advierte y repite el proceso con mi pierna derecha, atando el segundo cinturón cordón al otro pináculo.
Oh Dios… estoy sentada, extendida en el sofá, abierta de piernas completamente.
—¿Está bien? —pregunta Pedro suavemente, mirándome desde detrás del sofá.
Asiento, esperando que también ate mis manos. Pero se abstiene. Se inclina y me besa.
—No tienes idea de cuan sexy estás ahora mismo —murmura y frota su nariz contra la mía—. Un cambio de música, creo. —Se pone de pie y se pasea informalmente hacia el adaptador del iPod.
¿Cómo hace esto? Aquí estoy, atada y caliente como el infierno, mientras él esta tan sereno y en calma. Apenas está en mi campo de visión, y observo como los músculos de su espalda se flexionan y estiran bajo su camiseta mientras cambia la canción. Inmediatamente, una voz femenina dulce,
casi aniñada comienza a cantar acerca de mirarme.
Oh, me gusta esta canción.
Pedro se voltea y sus ojos se fijan en los míos mientras se mueve alrededor del frente del sofá y se hunde graciosamente en sus rodillas frente a mí.
Repentinamente, me siento muy expuesta.
—¿Expuesta? ¿Vulnerable? —pregunta con su extraña habilidad para expresar esas palabras que no digo. Sus manos están en sus rodillas.
Asiento.
¿Por qué no me toca?
—Bien —murmura—. Extiende tus manos. —No puedo apartar la mirada de sus fascinantes ojos a la vez que hago lo que me pide. Pedro vierte un poco de líquido aceitoso de una pequeña botella transparente en cada palma. Está perfumado; un aroma rico, almizclado y sensual que no puedo identificar.
—Frota tus manos. —Me retuerzo debajo de su mirada pesada y caliente—. Quédate quieta —advierte.
Oh Dios.
—Ahora, Paula, quiero que te toques.
Puta madre.
—Comienza en tu garganta y baja.
Vacilo.
—No seas tímida, Paula. Vamos. Hazlo. —El humor y el desafío en su expresión son obvios junto con su deseo.
La dulce voz canta sobre que no hay nada dulce en ella.
Coloco mis manos en mi garganta y las dejo deslizarse hacia abajo hasta la parte superior demis pechos. El aceite hace que se deslicen sin esfuerzo sobre mi piel. Mis manos están tibias.
—Más abajo —murmura Pedro, sus ojos oscureciéndose. No me toca.
Mis manos rodean mis pechos.
—Provócate.
Oh Dios. Tiro suavemente de mis pezones.
—Más fuerte —me exhorta Pedro. Está sentado inmóvil entre mis muslos, sólo observándome—. Como yo lo haría —agrega, sus ojos brillando de manera amenazante. Los músculos se tensan en lo profundo de mi vientre. Gimo en respuesta y tiro más fuerte de mis pezones, sintiéndolos endurecerse y alargarse bajo mi contacto.
—Sí. Así. De nuevo.
Cerrando los ojos tiro con fuerza, moviéndolos y retorciéndolos entre mis dedos. Gimo.
—Abre los ojos.
Lo miro parpadeando.
—De nuevo. Quiero verte. Verte disfrutando tu contacto.
Oh mierda. Repito el proceso. Esto es tan… erótico.
—Manos. Más abajo.
Me retuerzo.
—Quédate quieta, Paula. Absorbe el placer. Más abajo. —Su voz es baja y ronca, tentando y persuadiendo a la vez.
—Hazlo tu —susurro.
—Oh, lo haré… pronto. Tú. Más abajo. Ahora. —Pedro, rebosandosensualidad, desliza la lengua por sus dientes.
Mierda… Me retuerzo, tirando de las correas.
Él sacude la cabeza, lentamente.
—Quieta. —Apoya sus manos en mis rodillas, manteniéndome inmóvil—. Vamos, Paula… más abajo.
Mis manos se deslizan hacia abajo sobre mi vientre.
—Más abajo —dice, formando las palabras en silencio con sus labios, es la carnalidad personificada.
—Pedro, por favor.
Sus manos se deslizan desde mis rodillas hacia abajo, rozando mis muslos, hacia mi sexo.
—Vamos, Paula. Tócate
Mi mano izquierda roza mi sexo, y froto en un lento círculo, mi boca abierta en una O perfecta mientras jadeo.
—De nuevo —susurra.
Gimo más fuerte y repito el movimiento e inclino mi cabeza hacia atrás, jadeando.
—De nuevo.
Gimo con fuerza, y Pedro inhala bruscamente. Tomando mis manos, se inclina hacia adelante, pasando su nariz y luego su lengua hacia adelante y hacia atrás en el vértice de mis muslos.
—¡Ah!
Quiero tocarlo, pero cuando intento mover las manos, sus dedos se aprietan alrededor de mis muñecas.
—También ataré éstas. Quédate quieta.
Gimo. Me libera y luego desliza sus dedos medio dentro de mí, la palma descansando contra mi clítoris.
—Te voy a hacer acabar rápido, Paula. ¿Lista?
—Sí —jadeo.
Él comienza a mover los dedos, su mano, arriba y abajo, rápidamente, atacando ese punto dulce dentro de mí y mi clítoris al mismo tiempo. ¡Ah!
La sensación es intensa; realmente intensa. El placer aumenta y atraviesa la parte inferior de mi cuerpo. Quiero estirar las piernas, pero no puedo.
Mis manos forman garras en la toalla debajo de mí.
—Ríndete —susurra Pedro.
Exploto alrededor de sus dedos, gritando incoherentemente.
Él presiona su palma contra mi clítoris mientras las réplicas atraviesan mi cuerpo, prolongando la deliciosa agonía.
Vagamente, soy consciente de que está desatando mis piernas.
—Mi turno —murmura, y me voltea de forma que estoy boca abajo sobre el sofá con las rodillas en el suelo. Él abre mis piernas y me da una fuerte palmada en el trasero.
—¡Ah! —chillo, y con un movimiento rápido, está dentro de mí.
—Oh, Paula —sisea a través de dientes apretados mientras comienza a moverse. Sus dedos me toman con fuerza alrededor de las caderas mientras me penetra una y otra vez. Y el placer está aumentando una vez más. No… Ah…
—¡Vamos, Paula! —grita Pedro, y me hago pedazos una vez más, latiendo alrededor de él y gritando mientras acabo.
*****
—¿Suficiente refuerzo para ti? —Pedro besa mi cabello.
—Oh, sí —murmuro, levantado la mirada hacia el techo.
Descanso sobre mi esposo, mi espalda contra su parte frontal, ambos en el suelo junto al sofá. Él aún está vestido.
—Creo que deberíamos hacerlo de nuevo. Esta vez quítate la ropa.
—Jesús, Paula. Dale un respiro a un hombre.
Suelto una risita y él da una risa ahogada.
—Me alegra que Reinaldo esté consciente. Parece que todos tus apetitos han regresado —dice, sin ocultar la sonrisa en su voz.
Me vuelvo y lo miro con el ceño fruncido.
—¿Te estás olvidando de anoche y esta mañana? —Hago pucheros.
—No hay nada poco memorable en esos. —Sonríe, y cuando lo hace, luce tan joven, despreocupado y feliz. Sus manos rodean mi trasero—. Tiene un fantástico trasero, Sra. Alfonso
—Usted también. —Le arqueo una ceja—. Aunque el suyo todavía esté cubierto.
—¿Y qué va a hacer al respecto, Sra. Alfonso?
—Bueno, voy a desvestirlo, Sr. Alfonso. Totalmente.
Sonríe.
—Creo que eres muy dulce —murmuro, refiriéndome a la canción que aún está sonando en repetición. Su sonrisa se desvanece.
Oh no.
—Lo eres—susurro. Me inclino y beso la comisura de sus labios. Él cierra los ojos y aprieta sus brazos alrededor de mí—. Pedro, lo eres. Hiciste que este fin de semana fuera tan especial… a pesar de lo que le sucedió a Ray. Gracias.
Él abre sus grande y serios ojos grises, y su expresión tira fuertemente de mi corazón.
—Porque te amo —murmura.
—Lo sé. Yo también te amo. —Acaricio su rostro—. Y también eres muy valioso para mí. Sabes eso, ¿verdad?
Se queda quieto, luciendo perdido.
Oh, Pedro… Mi dulce Cincuenta.
—Créeme —susurro.
—No es fácil. —Su voz es casi inaudible.
—Inténtalo. Con fuerza, por que es verdad. —Acaricio su rostro una vez más, mis dedos rozando sus patillas. Sus ojos son océanos grises de pérdida, daño y dolor. Quiero meterme dentro de su cuerpo y abrazarlo. Lo que sea para detener esa mirada. ¿Cuándo se va a dar cuenta de que significa el mundo para mí? ¿Que es más que digno de mi amor, del amor de sus padres… sus hermanos? Se lo he dicho una y otra vez, y aun así, aquí estamos, mientras Pedro me da su mirada de pérdida y abandono.
Tiempo. Sólo tomará tiempo.
—Te dará frío. Ven. —Se pone de pie con gracia y tira de mí para ponerme de pie junto a él. Deslizo mi brazo alrededor de su cintura mientras regresamos al cuarto. No lo presionaré, pero desde el accidente de Reinaldo, se ha vuelto más importante para mí que sepa cuanto lo amo.
Cuando entramos al cuarto, frunzo el ceño, desesperada por recuperar el muy bienvenido humor alegre de hace tan sólo unos minutos.
—¿Vemos televisión? —pregunto.
Pedro resopla.
—Yo esperaba una segunda ronda. —Y mi voluble Cincuenta está de regreso. Arqueo la ceja y me detengo junto a la cama.
—Bueno, en ese caso, creo que estaré a cargo.
Me mira con la boca abierta, y lo empujo hacia la cama y rápidamente me siento a horcajadas sobre él, clavando sus manos a los lados de su cabeza.
Me sonríe.
—Bueno, Sra. Alfonso, ahora que me tiene, ¿qué va a hacer conmigo?
Me inclino hacia adelante y susurro en su oído.
—Te voy a follar con mi boca.
Él cierra los ojos, inhalando bruscamente, y deslizo mis dientes suavemente a lo largo de su mandíbula.
33 Tarta Tatin: tarta donde las manzanas se caramelizan en manteca y azúcar