lunes, 23 de febrero de 2015

CAPITULO 167




Cuando llegamos a la UCI, nos encontramos a José yéndose. Está solo.


—Paula, Pedro, hola.


—¿Dónde está tu padre?


—Estaba demasiado cansado para volver. Tuvo un accidente de coche esta mañana —José sonríe con tristeza—, y sus analgésicos han hecho efecto.
Él estaba fuera de combate. Tuve que luchar para entrar a ver a Reinaldo ya que no soy familia.


—¿Y? —pregunto ansiosamente.


—Esta bien, Paula, igual… pero todo bien.


Alivio inunda mi sistema. Sin noticias son buenas noticias.


—¿Nos vemos mañana, chica del cumpleaños?


—Por supuesto. Vamos a estar aquí.


José mira a Pedro rápidamente y luego rápidamente me abraza.


—Mañana.


—Buenas noches, José.


—Adiós, José —dice Pedro. José asiente y camina por el pasillo—. Todavía está loco por ti —dice Pedro en voz baja.


—No, no lo está. E incluso si lo está… —Me encojo de hombros, porque ahora no me importa.


Pedro me da una sonrisa tensa, y se derrite mi corazón.


—Bien hecho —murmuro.


Frunce el ceño.


—Por no echar espuma por la boca.


Me mira boquiabierto, herido, pero divertido, también.


—Nunca he echado espuma. Vamos a ver a tu padre. Tengo una sorpresa para ti.


—¿Sorpresa? —Mis ojos se abren en alarma.


—Ven. —Pedro toma mi mano, y empujamos para abrir las puertas dobles de la UCI.


De pie en el extremo de la cama de Reinaldo esta Gabriela, en profunda discusión con Crowe y un segundo médico, una mujer que no he visto antes. Al vernos, Gabriela sonríe.


Oh, gracias a Dios.


Pedro. —Ella besa su mejilla, y luego se vuelve hacia mí y me toma en su cálido abrazo.


—Paula. ¿Cómo lo llevas?


—Estoy bien. Es mi padre el que me preocupa.


—Está en buenas manos. La doctora Sluder es una experta en su campo.Estudiamos juntas en la Universidad de Yale.


Oh…


—Sra. Alfonso. —La Dra. Sluder me saluda muy formal. Ella es de cabello corto y delicado, con una tímida sonrisa y un acento sureño suave—. Como el médico de cabecera de su padre, me complace decirle que todo va por buen camino. Sus signos vitales son estables y fuertes. Tenemos toda la fe en que él va a tener una recuperación completa. El edema cerebral se ha detenido, y muestra signos de disminución. Esto es muy alentador después de un tiempo tan corto.


—Esas son buenas noticias —murmuro.


Ella sonríe con gusto. —Lo son, Sra.Alfonso. Estamos cuidando muy bien de él.


—Me alegro de verte de nuevo, Gabriela.


Gabriela sonríe. —Igualmente, Roxana.


—Dr. Crowe, dejemos que esta buena gente visite al señor Chaves —Crowe sigue a la Dra. Sluder a la salida.


Miro hacia Reinaldo, y por primera vez desde su accidente, me siento más optimista. La Dra. Sluder y las palabras amables de Gabriela han reavivado mi esperanza. Gabriela toma mi mano y la aprieta suavemente.


—Paula, cariño, siéntate con él. Habla con él. Está todo bien. Voy con Pedro a la sala de espera.


Asiento con la cabeza. Pedro sonríe en consuelo, y él y su madre me dejan con mi amado padre durmiendo plácidamente con la nana de su ventilador y el monitor cardiaco.



*****


Me deslizo la camisa blanca de Pedro y me meto en la cama.


—Luces más brillante —dice Pedro con cautela, mientras él se pone su pijama.


—Sí. Creo que hablar con la Dra. Sluder y tu madre hizo una gran diferencia. ¿Le pediste a Gabriela que viniera aquí?


Pedro se desliza en la cama y me tira en sus brazos, girándome de espaldas a él.


—No. Quería venir y comprobar a tu padre por ella misma.


—¿Cómo lo supo?


—La llamé esta mañana.


Oh.


—Nena, estás exhausta. Deberías dormir.


—Hmm —murmuro de acuerdo. Tiene razón. Estoy tan cansada. Ha sido un día muy emotivo. Estiro mi cabeza alrededor y lo miro. ¿No vamos a hacer el amor? Y me siento aliviada. De hecho, él ha tenido un enfoque totalmente manos-fuera conmigo todo el día. Me pregunto si debería alarmarme por este giro de los acontecimientos, pero ya que mi diosa interior ha dejado el edificio y tomado mi libido con ella, voy a pensar en ello mañana. Me vuelvo y me acurruco contra Pedro, envolviendo mi pierna sobre la suya.


—Prométeme algo —dice en voz baja.


—¿Hmm? —Es una pregunta que estoy demasiado cansada para articular.


—Prométeme que vas a comer algo mañana. Puedo casi tolerar que uses la chaqueta de otro hombre sin echar espuma por la boca, pero, Paula… debes comer. Por favor.


—Hmm —consiento. Besa mi cabello—. Gracias por estar aquí —murmuro, y soñolienta beso su pecho.


—¿Dónde más podría estar? Quiero estar donde quiera que estés, Paula.
Estar aquí me hace pensar en lo lejos que hemos llegado. Y la primera noche que dormí contigo. Qué noche aquella. Te observe durante horas.Eras sólo… perfecta —espira.


Sonrío contra su pecho.


—Duerme —murmura, y se trata de una orden. Cierro los ojos y voy a la deriva.



CAPITULO 166





La suite en el Heathman luce como la recuerdo. ¿Cuántas veces he pensado en la primera noche y la mañana que pasé con Pedro Alfonso?


Estoy parada en la entrada a la suite, paralizada. Por Dios, todo empezó aquí.


—Hogar lejos de casa —dice Pedro, su voz suave, poniendo mi maletín en el suelo al lado de uno de los sofás mullidos.


—¿Quieres una ducha? ¿Un baño? ¿Qué es lo que necesitas, Paula? Pedro me mira, y sé que está sin dirección, mi chico perdido tratando con situaciones más allá de su control. Ha estado retirado y contemplativo toda la tarde. Esta es una situación que no puede manipular y predecir.


Esta es la vida real en su materia prima, y él se ha mantenido alejado durante tanto tiempo, está expuesto e indefenso ahora. Mi dulce, amparado Cincuenta Sombras.


—Un baño. Me gustaría un baño —murmuro, consciente de que mantenerlo ocupado lo hará sentir mejor, incluso útil. Oh, Pedro, estoy entumecida y tengo frío y tengo miedo, pero estoy tan contenta de que estés aquí conmigo.


—Baño. Buena. Sí. —Camina hacia la habitación y fuera de la vista al palaciego cuarto de baño. Unos momentos más tarde, el rugido del agua que brota para llenar la bañera hace eco desde la habitación.


Finalmente, me impulso a seguirlo a la habitación. Estoy consternada al ver varias bolsas de Nordstrom en la cama. Pedro vuelve a entrar, mangas arremangadas, corbata y chaqueta fuera.


—Envié a Taylor a conseguir algunas cosas. Ropa para dormir. Ya sabes —dice, mirándome con recelo.


Por supuesto que lo hizo. Asiento en aprobación para que se sienta mejor.


¿Dónde está Taylor?


—Oh, Paula —murmura Pedro—. No te he visto así. Normalmente eres tan valiente y fuerte.


No sé qué decir. Tan sólo lo miró con los ojos abiertos. No tengo nada para dar en este momento. Creo que estoy en estado de shock. Envuelvo mis brazos alrededor de mí, tratando de mantener el frío que penetra en la bahía, a pesar de que sé que es una tarea infructuosa, ya que el frío viene de adentro. Pedro me tira hacia sus brazos.


—Nena, él está vivo. Sus signos vitales son buenos. Sólo tenemos que ser pacientes —murmura—. Ven. —Toma mi mano y me conduce al baño.


Amablemente, desliza mi chaqueta fuera de mis hombros y la coloca en la silla del baño, luego girando desabrocha los botones de mi blusa.


El agua esta deliciosamente caliente y fragante, el olor de flores de loto es fuerte, cálido, en el bochornoso aire del baño. Me acomodo entre las piernas de Pedro, mi espalda hacia su pecho, mis pies descansando encima de los suyos. Ambos estamos callados e introspectivos, y finalmente me siento cálida. Pedro besa mi cabello de forma intermitente mientras yo, ausente mentalmente, reviento las burbujas en la espuma. Su brazo está alrededor de mis hombros.


—No te metiste en la bañera con Lorena, ¿verdad? ¿Esa vez que la bañaste? —pregunto.


Se pone rígido y resopla, su mano apretándose en mi hombro donde descansa. —Uhm… no. —Suena asombrado.


—Eso pensé. Bien.


Tira suavemente mi cabello atado en un crudo moño, inclinando mi cabeza para que pueda ver mi cara.


—¿Por qué preguntas?


Me encojo de hombros. —Mórbida curiosidad. No lo sé… verla esta semana…


Su rostro se endurece. —Ya veo. Menos mórbido.


Su tono lleno de reproche.


—¿Por cuánto tiempo la vas a mantener?


—Hasta que esté en condiciones. No lo sé. —Se encoge de hombros—. ¿Por qué?


—¿Hay otras?


—¿Otras?


—Ex a quienes mantengas.


—Había una, si. Pero ya no.


—¿Oh?


—Estaba estudiando para ser doctora. Ella ya está titulada y tiene a alguien más.


—¿Otro dominante?


—Sí.


—Lorena dice que tienes dos de sus pinturas —susurro.


—Solía. No me importaban mucho. Tenían merito técnico, pero eran demasiado coloridas para mí. Creo que Gustavo las tiene. Como sabemos, no tiene buen gusto.


Me río, y envuelve su otro brazo a mi alrededor, salpicando agua al lado del baño.


—Eso está mejor —susurra y besa mi sien.


—Se va a casar con mi mejor amiga.


—Entonces mejor me callo —dice él.


Me siento más relajada en nuestro baño. Envuelta en mi suave bata del Heathman, observo las varias bolsas en la cama. Dios, esto debe ser más que ropa para dormir. 


Tentativamente, echo un vistazo a una de ellas. Un
par de pantalones y una sudadera azul pálido, mi talla. Santo Cielo…


Taylor compro todo el fin de semana valido en ropa, y él sabe qué me gusta. Sonrió, recordando que esta no es la primera vez que ha comprado ropa para mí cuando estaba en el Heathman.


—Aparte de acosarme en Clayton, ¿alguna vez has ido en verdad a una tienda y sólo comprado cosas?


—¿Acosarte?


—Sí. Acosarme.


—Estabas nerviosa, si recuerdo. Y ese chico estaba sobre ti. ¿Cuál era su nombre?


—Ulises.


—Uno de los muchos admiradores.


Ruedo mis ojos, y él sonríe aliviado, una sonrisa genuina y me besa.


—Ahí está mi chica —susurra—. Vístete. No quiero que atrapes un resfriado de nuevo.



*****


—Lista —murmuro. Pedro está trabajando en la Mac en el área de estudio de la habitación. Está vestido en jeans negros y un suéter tejido gris, y yo estoy usando los pantalones, la sudadera, y una blusa blanca.


—Pareces tan joven —dice Pedro en voz baja, mirando hacia arriba, sus ojos brillando—. Y pensar que serás todo un año mayor mañana. —Su voz es pensativa. Le doy una sonrisa triste.


—No siento muchas ganas de celebrarlo. ¿Podemos ir a ver a Reinaldo ahora?


—Seguro. Desearía que comieras algo. Apenas y tocaste tu comida.


Pedro, por favor. Sólo no tengo hambre. Tal vez después de que haya visto a Reinaldo. Quiero desearle buenas noches.







CAPITULO 165




La UCI en el sexto piso es austera, estéril, una sala funcional con voces susurradas y maquinas emitiendo pitidos. Cuatro pacientes son hospedados en su propia habitación separadas con alta tecnología. Reinaldo está en el otro extremo.


Papi.


Luce tan pequeño en su enorme cama, rodeado por toda esta tecnología.


Es impresionante. Mi padre nunca ha sido tan disminuido. 


Hay un tubo en su boca, y varias líneas pasan por gotas a una aguja en cada brazo.


Una pequeña pinza está atada a su dedo. Me pregunto vagamente para qué será eso. Su pierna esta encima de las sabanas, recubierta por una escarola azul.


Un monitor muestras su ritmo cardiaco: bip, bip, bip. Esta latiendo más fuerte y estable. Esto lo sé. Me muevo lentamente hacia él. Su pecho está cubierto por un inmaculado vendaje grande que desaparece debajo de la delgada sabana que protege su modestia.


Papi.


Me doy cuenta que el tubo tirando en la esquina derecha de su boca lleva a un ventilador. Su sonido se mezcla con el bip, bip, bip, del monitor de su corazón en un ritmo de percusión. Inhalando, exhalando, inhalando, exhalando, inhalando, exhalando a tiempo con el bip. Hay cuatro líneas en la pantalla del monitor del corazón, cada una moviéndose constantemente, demostrando claramente que Reinaldo aun está con nosotros.


Oh, papi.


A pesar de que su boca se ve distorsionada por el tubo de ventilación, se ve tranquilo, acostado ahí durmiendo.


Una pequeña y joven enfermera se encuentra a un lado, comprobando sus monitores.


—¿Puedo tocarlo? —pregunto, tentativamente alcanzando su mano.


—Sí. —Ella sonríe amablemente. Su insignia, dice: KELLIE RN, y debe estar en sus veinte años. Ella es rubia con ojos oscuros, oscuros.


Pedro se encuentra en el extremo de la cama, mirándome con cuidado mientras sujeto la mano derecha de Reinaldo. 


Es sorprendentemente cálida, y eso es mi perdición. Me hundo en la silla junto a la cama, colocando la cabeza suavemente contra el brazo de Reinaldo, y empiezo a sollozar.


—Oh, papá. Por favor, mejórate —susurro—. Por favor.


Pedro pone su mano sobre mi hombro y me da un apretón tranquilizador.


—Todos los signos vitales del señor Chaves son buenos —dice la enfermera Kellie dice en voz baja.


—Gracias —murmura Pedro. Echo un vistazo a tiempo para ver su boca abierta. Ella ha conseguido por fin un buen vistazo de mi esposo. No me importa. Ella puede quedarse boquiabierta por Pedro todo lo que quiera mientras haga que mi padre mejore.


—¿Puede escucharme? —pregunto.


—Está en un profundo sueño. Pero, ¿quién sabe?


—¿Puedo sentarme por un rato?


—Por supuesto. —Ella me sonríe, sus mejillas rosadas de un rubor revelador. Incongruentemente, me encuentro pensando que el rubio no es su verdadero color.


Pedro me mira, ignorándola. —Tengo que hacer una llamada. Voy a estar fuera. Te daré un tiempo a solas con tu padre. —Asiento con la cabeza. Besa mi cabello y sale de la habitación. Sostengo la mano de Reinaldo, maravillada por la ironía de que es sólo ahora cuando está inconsciente y no me oye realmente quiero decirle cuánto lo amo. Este hombre ha sido mi constante. Mi roca. Y nunca he pensado en ello hasta ahora. No soy carne de su carne, pero él es mi papá, y lo quiero mucho. Mis lágrimas se arrastran por mis mejillas. Por favor, por favor mejórate.


Muy discretamente, para no molestar a nadie, le digo sobre nuestro fin de semana en Aspen y del fin de semana pasado, cuando volamos y navegamos a bordo de El Gabriela. Le hablo de nuestra nueva casa, nuestros planes, de cómo esperamos que sea ecológicamente sustentable.


Le prometo llevarlo con nosotros a Aspen para que pueda ir a pescar con Pedro y le aseguro que el Sr. Rodríguez y José serán bienvenidos, también. Por favor, tienes que estar aquí para hacer eso, papá. Por favor.


Reinaldo permanece inmóvil, el ventilador inhalando y exhalando y el sonido monótono pero tranquilizador, bip, bip de su monitor del corazón su única respuesta.


Cuando miro hacia arriba, Pedro está sentado tranquilamente en el extremo de la cama. No sé cuánto tiempo ha estado allí.


—Hola —dice, sus ojos brillando con compasión y preocupación.


—Hola.


—¿Así que voy a pescar con tu padre, el Sr. Rodríguez, y José? —pregunta.


Asiento con la cabeza.


—Está bien. Vamos a comer. Vamos a dormir.


Frunzo el ceño. No quiero dejarlo.


—Paula, está en coma. Les he dado nuestros números de móvil a las enfermeras de aquí. Si hay algún cambio, nos van a llamar. Vamos a comer, ir a un hotel, descansar, y luego volver esta noche.




domingo, 22 de febrero de 2015

CAPITULO 164




—Sr. Rodríguez, ¿qué ha pasado? —mi voz es ronca y gruesa con lágrimas contenidas. Reinaldo. Dulce Reinaldo. Mi padre.


—Ha sufrido un accidente de coche.


—Bien, iré… iré ahora. —La adrenalina ha inundado mi corriente sanguínea, dejando pánico a su paso. Estoy encontrando dificultad para respirar.


—Ellos lo han transferido a Portland.


¿Portland? ¿Qué diablos está haciendo él en Portland?


—Lo transportaron vía aérea, Paula. Estoy yendo ahí ahora. OHSU27. Oh, Paula, no vi el coche. Sólo no lo vi... —Su voz se quiebra.


Sr. Rodríguez... ¡no!


—Te veré allí. —El Sr. Rodríguez se atraganta y la línea se corta.


Un oscuro temor me embarga por la garganta, abrumándome. Reinaldo. No. No.


Tomo una estabilizadora respiración profunda, agarro el teléfono y llamo a Roach. Responde al segundo timbrazo.


—¿Paula?


—Jerry. Es mi padre.


—Paula, ¿qué pasó?


Le explico, apenas deteniéndome para respirar.


—Ve. Por supuesto, debes ir. Espero que tu padre esté bien.


—Gracias. Te mantendré informado. —Inadvertidamente cerré de golpe el teléfono, pero justo ahora no podía importarme menos.


—¡Juliana! —llamo, consciente de la ansiedad en mi voz. 


Momentos después asoma su cabeza por la puerta para encontrarme empacando mi bolso y agarrando documentos para llenar en mi maletín.


—¿Sí, Paula? —Frunce el ceño.


—Mi padre ha tenido un accidente. Tengo que irme.


—Oh querida…


—Cancela todas mis citas de hoy. Y del lunes. Tendrás que terminar de preparar la presentación del libro electrónico, las notas están en el archivo compartido. Consigue a Courtney para ayudar si es necesario.


—Sí —susurra Juliana—. Espero que esté bien. No te preocupes por nada aquí. Vamos a arreglárnoslas.


—Tengo mi BlackBerry.


La preocupación grabada en su demacrada y pálida cara casi es mi perdición.


Papi.


Agarro mi chaqueta, bolso y maletín.


—Te llamaré si necesito algo.


—Hazlo, por favor. Buena suerte, Paula. Espero que esté bien.


Le doy una pequeña sonrisa tensa, luchando para mantener mi compostura, y salgo de mi oficina. Me esfuerzo para no correr todo el camino hasta recepción. Salazar salta a sus pies cuando llego.


—¿Sra. Alfonso? —pregunta, confundido por mi repentina aparición.


—Nos vamos a Portland… ahora.


—De acuerdo, señora —dice, ceñudo, pero abre la puerta.




El movimiento es bueno.


—Sra. Alfonso —pregunta Salazar mientras corremos hacia el estacionamiento—. ¿Puedo preguntar por qué estamos haciendo este viaje no programado?


—Es mi padre. Ha tenido un accidente.


—Ya veo. ¿Lo sabe el Sr. Alfonso?


—Lo llamaré desde el coche.


Salazar asiente y abre la puerta trasera de la camioneta Audi, y me subo.


Con dedos temblorosos, agarro mi BlackBerry, y marco al móvil de Pedro.


—Sra. Alfonso. —La voz de Andrea es nítida y profesional.


—¿Está Pedro allí? —respiro.


—Uhm... está en algún lugar del edificio, señora. Ha dejado su BlackBerry cargándose conmigo.


Gimo silenciosamente con frustración.


—¿Puedes decirle que lo llamé, y que necesito hablar con él? Es urgente.


—Podría tratar de localizarlo. Tiene la costumbre de vagar a veces.


—Sólo consigue que me llame, por favor —ruego, conteniendo las lágrimas.


—Por supuesto, Sra. Alfonso. —Vacila—. ¿Está todo bien?


—No —susurro, no confiando en mi voz—. Por favor, sólo consigue que me llame.


—Sí, señora.


Cuelgo. No puedo contener mi angustia mucho más. 


Tirando mis rodillas hacia mi pecho, me acurruco en el asiento trasero, y lágrimas manan, indeseables, por mis mejillas.


—¿Dónde en Portland, Sra. Alfonso? —pregunta gentilmente Salazar.


—OHSU —me ahogo—. El gran hospital.


Salazar arranca hacia la calle y se dirige hacia la I-5, mientras me lamento en voz baja en la parte trasera del coche, murmurando oraciones mudas.


Por favor que esté bien. Por favor que esté bien.


Mi teléfono suena, “Your Love Is King” sorprendiéndome de mi mantra.


Pedro —jadeo.


—Cristo, Paula. ¿Qué está mal?


—Es Reinaldo... ha tenido un accidente.


—¡Mierda!


—Sí. Estoy de camino a Portland.


—¿Portland? Por favor dime que Salazar está contigo.


—Sí, está conduciendo.


—¿Dónde está Reinaldo?


—En el OHSU.


Escucho una voz apagada en el fondo.


—Sí, Rosario —Pedro chasquea enfadado—. ¡Lo sé! Perdón, nena… puedo estar allí en unas tres horas. Tengo negocios que necesito terminar aquí. Volaré.


Oh mierda. Charlie Tango está de vuelta en comisión y la última vez que Pedro voló en ella…


—Tengo una reunión con algunos chicos más de Taiwan. No puedo cancelarla. Es un acuerdo que hemos estado elaborando por meses.


¿Por qué no sabía nada sobre esto?


—Saldré tan pronto como pueda.


—Está bien —murmuro. Y quiero decir que está bien, que se quedara en Seattle, y resolviera su negocio, pero la verdad es que lo quería conmigo.


—Oh, nena —susurra.


—Estaré bien, Pedro. Tómate tu tiempo. No te apures. No quiero preocuparme por ti, también. Vuela con cuidado.


—Lo haré.


—Te amo.


—Te amo, también, cariño. Estaré contigo tan pronto como pueda. Mantén a Sebastian cerca.


—Sí, lo haré.


—Te veré después.


—Adiós. —Después de colgar, abrazo mis rodillas una vez más. No sé nada sobre los negocios de Pedro.


¿Qué demonios está haciendo con los Taiwaneses? Miro por la ventana a medida que pasamos el Boeing Field-King Country Airport. Tiene que volar cuidadosamente. Mi estómago se anuda de nuevo y las náuseas amenazan. Reinaldo y Pedro. No creo que mi corazón pudiera aceptar eso.


Recostándome, empiezo mi mantra de nuevo: Por favor que esté bien. Por favor que esté bien.


—Sra. Alfonso —la voz de Salazar me despierta—. Estamos en las instalaciones del hospital. Sólo tengo que encontrar la sala de emergencias.


—Sé dónde está. —Mi mente revolotea a mi última visita a OHSU cuando, en mi segundo día, me caí de una escalera de mano en Clayton’s, torciéndome mi tobillo. Recuerdo a Paul Clayton cerniéndose sobre mí y me estremezco al recordarlo.


Salazar se detiene en el punto de bajada y salta fuera para abrir mi puerta.


—Iré a estacionar, señora, y vendré a encontrarla. Deje su maletín, yo lo llevaré.


—Gracias, Sebastian.


Asiente, y camino enérgicamente en la bulliciosa área de recepción de la sala de emergencias. La recepcionista en el escritorio me da una sonrisa amable, y en unos minutos, ha ubicado a Reinaldo y me envía a la OR28 en el tercer piso.


¿OR? ¡Mierda!


—Gracias —murmuro, tratando de concentrarme en sus instrucciones hacia los ascensores. Mi estómago se tambalea mientras casi corro hacia ellos.


Que esté bien. Por favor que esté bien.


El ascensor es desesperadamente lento, deteniéndose en cada piso.


Vamos… ¡Vamos! Quiero que se mueva más rápido, con el ceño fruncido hacia las personas paseando dentro y fuera y evitando que llegue a papá.


Finalmente, las puertas se abren en el tercer piso, y me apresuro hacia otra área de recepción, ésta atendida por enfermeras en uniformes de marina.


—¿Puedo ayudarle? —pregunta una oficiosa enfermada con una mirada miope.


—Mi padre, Reinaldo Chaves. Ha sido ingresado. Está en el OR-4, creo. — Incluso mientras decía las palabras, estoy queriendo que no sean verdad.


—Déjeme comprobar, Señorita Chaves.


Asiento, sin molestarme en corregirla mientras ella mira atentamente la pantalla de su ordenador.


—Sí. Ha estado un par de horas. Si prefiere esperar, les haré saber que usted está aquí. La sala de espera está allí. —Apunta hacia una gran puerta blanca útilmente etiquetada SALA DE ESPERA en fuerte letra azul.


—¿Él está bien? —pregunto, tratando de mantener mi voz estable.


—Tendrá que esperar a uno de los médicos que lo atiende la informe, señorita.


—Gracias —murmuro, pero por dentro estoy gritando, ¡Quiero saber ahora!


Abro la puerta para revelar una funcional y austera sala de espera dónde el Sr. Rodríguez y José están sentados.


—¡Paula! —exclama el Sr. Rodríguez. Su brazo está enyesado, y su mejilla magullada en un lado. Está en una silla de ruedas con una de sus piernas enyesada también. 


Cautelosamente envuelvo mis brazos alrededor de él.


—Oh, Sr. Rodríguez —sollozo.


—Paula, cariño. —Da palmaditas en mi espalda con su brazo sano—. Lo siento tanto —murmura, su voz ronca agrietándose.


Oh no.


—No, papá —dice José suavemente en advertencia mientras se cierne detrás de mí. Cuando me giro, me tira a sus brazos y me abraza.


—José —murmuro. Y estoy perdida, lágrimas cayendo mientras toda la tensión, el miedo y la angustia de las últimas tres horas emergen.


—Oye, Paula, no llores. —José gentilmente acaricia mi cabello. Envuelvo mis brazos alrededor de su cuello y lloro suavemente. Nos quedamos así como por años, y estoy tan agradecida de que mi amigo esté aquí. Nos separamos cuando Salazar se nos une en la sala de espera. El Sr. Rodríguez me entrega un pañuelo de papel de una caja convenientemente ubicada, y seco mis lágrimas.


—Éste es el Sr. Salazar. De seguridad —murmuro.


Salazar asiente educadamente hacia José y el Sr. Rodríguez y luego se mueve a tomar asiento en un rincón.


—Siéntate, Paula. —José me acompaña a uno de los sillones cubiertos de vinilo.


—¿Qué pasó? ¿Sabemos cómo ésta? ¿Qué están haciendo ellos?


José levanta sus manos para detener mi aluvión de preguntas y se sienta a mi lado.


—No tenemos ninguna novedad. Ray, papá, y yo estábamos en una excursión de pesca en Astoria. Fuimos golpeados por algún maldito estúpido borracho…


El Sr. Rodríguez trata de interrumpir, balbuceando una disculpa.


—¡Cálmate29, papá! —chasquea José—. No tengo ni una marca en mí, sólo un par de costillas magulladas y un golpe en la cabeza. Papá… bueno, papá se rompió su muñeca y su tobillo. Pero el coche golpeó el lado del pasajero y Reinaldo.


Oh no, no... El pánico inundando de nuevo mi sistema límbico. No, no, no.


Mi cuerpo se estremece y se enfría mientras imagino qué le está pasando a Reinaldo en la OR.


—Está en cirugía. Nos llevaron al hospital comunal en Astoria, pero trasportaron vía aérea a Reinaldo aquí. No sabemos qué están haciendo.
Estamos esperando por novedades.


Empiezo a temblar.


—Oye, Paula, ¿tienes frío?


Asiento. Estoy en mi blusa blanca sin mangas y chaqueta negra de verano, y que no brinda calor. Cautelosamente, José se quita su chaqueta de cuero y la envuelve alrededor de mis hombros.


—¿Puedo conseguirle algo de té, señora? —Salazar está a mi lado. Asiento agradecidamente, y desaparece de la habitación.


—¿Porqué estaban pescando en Astoria? —pregunto.


José se encoge de hombros.


—La pesca se supone que es buena allí. Estábamos teniendo un “encuentro de chicos”. Algún tiempo de unión con mi viejo antes que la academia se caliente para mi último año. —Los ojos oscuros de José están grandes y luminosos con miedo y remordimiento.


—Podrías haber sido lastimado, también. Y el Sr. Rodríguez... peor. — Trago ante la idea. La temperatura de mi cuerpo cae aún más, y me estremezco una vez más. José toma mi mano.


—Diablos, Paula, te estás congelando.


El Sr. Rodríguez se mueve hacia delante y toma mi otra mano en su única buena.


—Paula, lo siento tanto.


—Sr. Rodríguez, por favor. Fue un accidente... —Mi voz se desvanece en un susurro.


—Llámame José —me corrige. Le doy una débil sonrisa, porque eso es todo lo que puedo manejar. Me estremezco una vez más.


—La policía se llevó al imbécil en custodia. Siete de la mañana y el hombre estaba fuera de su cabeza —silba José con disgusto.


Salazar regresa, llevando un vaso de papel con agua caliente y una bolsita de té separada. ¡Él sabe cómo tomo mi té! Estoy sorprendida, y contenta por la distracción.


El Sr. Rodríguez y José liberan mis manos mientras agradecidamente tomo la taza de Salazar.


—¿Alguno de ustedes quiere algo? —Salazar pregunta al Sr. Rodríguez y José. Ambos sacuden sus cabezas, y Salazar vuelve a sentarse en su asiento en la esquina. Mojo mi bolsita de té en el agua y, levantándome temblorosamente, desecho la bolsa utilizada en un pequeño bote de basura.


—¿Qué les está tomando tanto tiempo? —murmuro para nadie en particular mientras tomo un sorbo.


Papi… Por favor deja que esté bien. Por favor deja que esté bien.


—Lo sabremos muy pronto, Paula —dice José gentilmente. Asiento y tomo otro sorbo. Tomo mi asiento de nuevo a su lado. Esperamos… y esperamos. El Sr. Rodríguez con sus ojos cerrados, rezando creo, y José sosteniendo mi mano y apretándola de vez en cuando. Lentamente sorbo mi té. No es Twinings, pero es alguna marca barata desagradable, y su sabor es repugnante.


Recuerdo la última vez que esperé por novedades.


La última vez pensé que todo estaba perdido cuando Charlie Tango desapareció. Cerrando mis ojos, ofrezco una oración silenciosa por el viaje seguro de mi esposo.


Miro mi reloj: 2:15 p.m. Debería estar aquí pronto. Mi té está frío… ¡Ugh!


Me levanto y voy y vengo luego me siento de nuevo.



¿Porqué los médicos no han venido a verme? Tomo la mano de José, y él me da otro apretón tranquilizador. Por favor que esté bien. Por favor que esté bien.


El tiempo se arrastra muy lentamente.


De repente la puerta se abre, y todos miramos expectantes, mi estómago anudándose. ¿Es esto?


Pedro avanza dentro. Su rostro se oscurece momentáneamente cuando nota mi mano en la de José.


—¡Pedro! —jadeo y salto, agradeciendo a Dios que llegó a salvo.


Cuando estoy envuelta en sus brazos, su nariz en mi cabello, y estoy inhalando su esencia, su calidez, su amor. 
Una pequeña parte de mí se siente más tranquila, fuerte, y más resistente porque él está aquí. Oh, la diferencia que su presencia hace a mi paz mental.


—¿Alguna novedad?


Sacudo mi cabeza, incapaz de hablar.


—José. —Asiente saludando.


Pedro, éste es mi padre, Padre.


—Sr. Rodríguez… nos conocimos en la boda. ¿Supongo que estaban en el accidente, también?


José vuelve a contar la historia brevemente.


—¿Ambos están lo suficientemente bien para estar aquí? —pregunta Pedro..


—No queremos estar en otro lugar —dice el Sr. Rodríguez, su voz tranquila y mezclada con dolor. Pedro asiente. 


Tomando mi mano, me sienta tomando luego asiento a mi lado.


—¿Has comido? —pregunta.


Sacudo mi cabeza.


—¿Estás hambrienta?


Sacudo mi cabeza.


—¿Pero tienes frío? —pregunta, observando la chaqueta de José.


Asiento. Se mueve en su silla pero sabiamente no dice nada.


La puerta se abre de nuevo, y un joven doctor entra en un brillante uniforme azul. Luce exhausto y atribulado.


Toda la sangre desaparece de mi cabeza mientras me tropiezo con mis pies.


—Reinaldo Alfonso —susurro mientras Pedro está a mi lado, poniendo sus brazos alrededor de mi cintura.


—¿Usted es su pariente más cercano? —pregunta el doctor. 


Sus brillantes ojos azules casi igualan su bata, y bajo alguna otra circunstancia lo hubiera encontrado atractivo.


—Soy su hija, Paula.


—Señorita Chaves...


—Sra. Alfonso —lo interrumpe Pedro.


—Mis disculpas —balbucea el médico, y por un momento quiero patear a Pedro—. Soy el Doctor Crowe. Su padre está estable, pero en condición crítica.


¿Qué significa eso? Mis rodillas se doblan debajo de mí y sólo el brazo de apoyo de Pedro me impide caer al suelo.


—Sufrió graves lesiones internas —dice el Dr. Crowe—, principalmente en su diafragma, pero hemos logrado repararlas, y hemos sido capaces de salvar su bazo. Desafortunadamente, sufrió un paro cardíaco durante la operación por la pérdida de sangre. Nos las arreglamos para conseguir que su corazón funcione de nuevo, pero esto sigue siendo una preocupación.
Sin embargo, nuestra preocupación más grave es que sufrió severas contusiones en su cabeza, y las resonancias magnéticas muestran que tiene inflamación en el cerebro. Lo hemos inducido a un coma para mantenerlo tranquilo y quieto mientras controlamos la inflamación cerebral.


¿Daño cerebral? No.


—Es un procedimiento estándar en esto casos. Por ahora, sólo tenemos que esperar y ver.


—¿Y cuál es el pronóstico? —pregunta Pedro fríamente.


—Sr. Alfonso, es difícil decirlo por el momento. Es posible que pueda hacer una recuperación completa, pero eso está en las manos de Dios ahora.


—¿Cuánto tiempo lo mantendrán en coma?


—Eso depende de cómo responda su cerebro. Usualmente de setenta y dos a noventa y seis horas.


¡Oh, tanto tiempo!


—¿Puedo verlo? —susurro.


—Sí, debería poder verlo en una media hora. Está siendo trasladado a la UCI30 en el sexto piso.


—Gracias, Doctor.


El Dr. Crowe asiente, se gira y nos deja.


—Bueno, él está vivo —le susurro a Pedro. Y las lágrimas empiezan a rodar por mi cara una vez más.


—Siéntate —ordena Pedro gentilmente.


—Papá, creo que nos deberíamos ir. Necesitas descansar. No sabremos nada por un tiempo —murmura José al Sr. Rodríguez quien mira inexpresivamente a su hijo—. Podemos volver esta noche, después de que hayas descansado. Está bien, ¿no es así, Paula? —José se gira, implorándome.


—Por supuesto.


—¿Se están quedando en Portland? —pregunta Pedro.
José asiente.


—¿Necesitas un aventón a casa?


José frunce el ceño.


—Iba a pedir un taxi.


—Sebastian puede llevarlos.


Salazar se para, y José luce confundido.


—Sebastian Salazar —murmuro en esclarecimiento.


—Oh… seguro. Sí, te lo agradecería. Gracias, Pedro.


Poniéndome de pie, abrazo al Sr. Rodríguez y José en rápida sucesión.


—Mantente fuerte, Paula —José susurra en mi oído—. Es un hombre sano y en forma. Las probabilidades están a su favor.


—Eso espero. —Lo abrazo fuerte. Luego, liberándolo, me quito su chaqueta y se la devuelvo.


—Quédatela, si todavía tienes frío.


—No, estoy bien. Gracias. —Mirando nerviosamente hacia Pedro, veo que está considerándonos impasible.


Pedro toma mi mano.


—Si hay algún cambio, te lo haré saber de inmediato —digo mientras José empuja la silla de ruedas de su padre hacia la puerta que Salazar está manteniendo abierta.


El Sr. Rodríguez levanta su mano, y se detienen en la puerta


—Él estará en mis oraciones, Paula. —Su voz titubea—. Ha sido bueno estar con él después de todos estos años. Se ha convertido en un gran amigo.


—Lo sé.


Y con eso se van. Pedro y yo estamos solos. Acaricia mi mejilla. —Estas pálida. Ven aquí. —Se sienta en la silla y me jala a su regazo, acomodándome en sus brazos de nuevo, y voy voluntariamente. Me acurruco contra él, sintiéndome agobiada por la desgracia de mi padrastro, pero agradecida que mi esposo está aquí para confortarme. 


Gentilmente acaricia mi cabello y sostiene mí mano.


—¿Cómo estuvo Charlie Tango? —pregunto.


Sonríe. —Oh, ella estuvo perfecta —dice, con algo de orgullo en su voz. Me hace sonreír apropiadamente por primera vez en muchas horas, y le doy una mirada, desconcertada.


—¿Perfecta?


—Es una línea de La historia de Filadelfia. Es el filme favorito de Gabriela.


—No la conozco.


—Creo que la tengo en Blu-Ray en casa. Podemos verla y besuquearnos. — Besa mi cabello y sonrió una vez más.


—¿Puedo persuadirte para que comas algo?


Mi sonrisa desaparece. —No ahora. Quiero ver a Reinaldo primero.


Sus hombros caen, pero no me presiona.


—¿Cómo estuvieron los Taiwaneses?


—Tratables —dice.


—¿Tratables cómo?


—Me dejaron comprar su astillero por menos del precio que estaba dispuesto a pagar.


¿Compró un astillero? —¿Eso es bueno?


—Sí. Eso es bueno.


—Pero creí que tenías un astillero, aquí.


—Sí. Vamos a usar ese para hacer el muelle de alistamiento. Construir los cascos en el Lejano Oriente. Es más barato.


Oh.


—¿Qué sobre la fuerza de trabajo en el astillero aquí?


—Reorganizaremos. Deberíamos poder mantener las redundancias a un mínimo. —Besa mi cabello.


—¿Deberíamos ver a Reinaldo? —pregunta, su voz suave.




27 OHSU: Universidad de Salud y Ciencia de Oregon: Oregon Health and Science
University
28 OR: Sala de emergencias equipada quirúrgicamente.
29 Cálmate: En español en el original.
30 UCI: Unidad de Cuidados Intensivos.