Lleno la gran bañera con forma de huevo en el baño adjunto y vierto un poco del costoso aceite de baño, el cual comienza a hacer espuma de inmediato. El aroma es celestial… jazmín, creo. En el dormitorio, comienzo a colgar El Vestido mientras se llena el baño.
—¿Lo pasaste bien? —pregunta Pedro mientras entra en la habitación.
Sólo viste una camiseta y pantalones de ejercicio, los pies descalzos. Cierra la puerta detrás de él.
—Sí —murmuro, absorbiéndolo. Lo he extrañado. Ridículo… sólo han sido, ¿qué, unas pocas horas?
Él inclina la cabeza y me mira.
—¿Qué sucede?
—Estaba pensando cuánto te he echado de menos.
—Suena como si estuviera muy enamorada, Sra. Alfonso.
—Lo estoy, Sr. Alfonso.
Se pasea hacia mí hasta que está de pie delante de mí.
—¿Qué compraste? —susurra, y sé que es para cambiar el tema de conversación.
—Un vestido, algunos zapatos, un collar. Gaste un montón de tu dinero. — Lo miro, culpable.
A él le hace gracia.
—Bien —murmura y lleva un mechón de cabello detrás de mi oreja—. Y por milmillonésima vez, nuestro dinero. —Tironea de mi barbilla, liberando el labio de mis dientes y desliza su dedo índice por la parte delantera de mi camiseta, por mi esternón, entre mis pechos, por mi estómago y sobre mi vientre hasta el dobladillo.
—No necesitarás esto en el baño —susurra, y tomando el dobladillo de mi camiseta con ambas manos, lentamente la levanta—. Sube los brazos.
Obedezco, sin apartar mis ojos de los suyos, y él deja caer mi camiseta al suelo.
—Pensé que sólo íbamos a tomar un baño. —Mi pulso se acelera.
—Quiero ensuciarte primero. Yo también te he echado de menos. —Se inclina y me besa.
****
—¡Mierda, el agua! —Me esfuerzo por sentarme, toda post-orgásmica y aturdida.
Pedro no me deja ir.
—¡Pedro, el baño! —Lo miro desde mi posición postrada sobre su pecho.
Se ríe.
—Relájate… es un cuarto húmedo. —Se da la vuelta y me besa con rapidez—. Cerraré el grifo.
Se baja con gracia de la cama y se pasea hacia el baño. Mis ojos lo siguen ávidamente todo el camino. Hmm… mi esposo, desnudo y pronto mojado.
Mi diosa interior se lame los labios en forma salaz y me da su sonrisa de bien follada. Me levanto de la cama de un salto.
*****
Nos sentamos en lados opuestos de la bañera, la cual está muy llena; tan llena que cuando sea que nos movemos, el agua rebalsa por los costados y cae al suelo. Es muy decadente. Incluso más decadente es Pedro lavando mis pies, masajeando las plantas, tirando suavemente de los dedos. Besa cada uno y suavemente muerde el dedo más pequeño.
—¡Aaah! —Lo siento… allí, en la ingle.
—¿Te gusta eso? —susurra él.
—Mmm… —murmuro incoherente.
Él comienza el masaje una vez más. Oh, esto se siente bien.
Cierro los ojos.
—Vi a Georgina en la ciudad —murmuro.
—¿En serio? Creo que tiene una casa aquí —dice despectivamente. No está interesado en lo más mínimo.
—Estaba con Gustavo.
Pedro detiene su masaje. Eso captó su atención. Cuando abro los ojos su cabeza está inclinada hacia un lado, como si no entendiera.
—¿A qué te refieres con Gustavo? —pregunta, perplejo más que preocupado.
Le explico lo que vi.
—Paula, sólo son amigos. Creo que Gustavo está bastante entusiasmado con Lourdes. —Hace una pausa y luego añade en voz baja—. De hecho, sé que está bastante entusiasmado con ella. —Y me da su mirada que dice “no tengo idea por qué”.
—Lourdes es bellísima. —Me erizo, en defensa de mi amiga.
Él resopla.
—Aún me alegra que fueras tú quien cayó en mi oficina. —Besa mi dedo gordo, libera el pie izquierdo, y toma el derecho antes de comenzar el proceso de masaje de nuevo.
Sus dedos son tan fuertes y flexibles, me relajo de nuevo.
No quiero pelear por Lourdes. Cierro los ojos y dejo que sus
dedos hagan su magia en mis pies.
*****
Me miro en el espejo de cuerpo completo boquiabierta, sin reconocer a la zorra que me mira. Lourdes ha jugado a las Barbies conmigo esta noche, arreglando mi cabello y maquillaje. Mi cabello está suelto y liso, mis ojos delineados con kohl, mis labios rojo escarlata. Me veo… sexy. Soy toda piernas, especialmente con los Manolo de tacones altos y el vestido indecentemente corto. Necesito que Pedro lo apruebe, aunque tengo el horrible presentimiento de que no le gustará que tanta de mi piel esté expuesta. En vista de nuestra entente cordiale, decido que debería preguntarle. Levanto mi BlackBerry.
De:Paula Alfonso
Asunto: ¿Mi trasero luce grande en esto?
Fecha: Agosto 27, 2014 18:53 MST
Para: Pedro Alfonso
Sr. Alfonso
Necesito tu consejo de vestuario.
Suya
Sra. A x
De: Pedro Alfonso
Asunto: Genial.
Fecha: Agosto 27, 2014 18:55 MST
Para: Paula Alfonso
Sra.Alfonso
Realmente lo dudo.
Pero iré y le daré a su trasero un examen a fondo sólo para asegurarme.
Suyo con anticipación
Sr. A x
Pedro Alfonso
Gerente General de Alfonso Enterprises Holdings e Inspector de Traseros Inc.
Mientras leo su correo electrónico, la puerta del dormitorio se abre y Pedro se congela en el umbral. Su boca se abre y sus ojos se abren.
Maldición… esto podría ir en cualquier dirección.
—¿Y bien? —susurro.
—Paula, estás… wow.
—¿Te gusta?
—Sí, supongo. —Está un poco ronco. Lentamente entra en la habitación y cierra la puerta. Viste jeans negros y una camisa blanca, pero con una chaqueta negra. Está fantástico. Él se acerca lentamente hacia mí, pero tan pronto como me alcanza, pone sus manos sobre mis hombros y me hace dar vuelta para enfrentar el espejo de cuerpo entero, mientras él está de pie detrás de mí. Mi mirada encuentra la suya en el espejo, luego baja, fascinado por mi espalda desnuda. Su dedo se desliza por mi espalda y llega hasta el borde de mi vestido en la parte baja de mi espalda, donde la pálida piel se reúne con la tela plateada.
—Esto es muy revelador —murmura.
Su mano roza más abajo, sobre mi trasero y por el muslo desnudo. Hace una pausa, ojos grises ardiendo intensamente en los azules. Luego arrastra lentamente sus dedos hacia arriba hasta el borde de mi falda.
Mirar sus largos dedos moverse suavemente, juguetonamente sobre mi piel, sintiendo el hormigueo que dejan a su paso, mi boca forma una perfecta O.
—No hay mucha distancia desde aquí. — Él toca el borde, luego mueve los dedos más arriba—. Hasta aquí —susurra. Jadeo cuando sus dedos acarician mi sexo, moviéndose tentadoramente sobre mi ropa interior, sintiéndome, provocándome.
—¿Y tu punto es? —susurro.
—Mi punto es… no hay mucha distancia desde aquí. —Sus dedos se deslizan sobre mi ropa interior, luego uno está adentro, contra mi suave carne humedecida—. Hasta aquí. Y luego… hasta aquí. —Desliza un dedo dentro de mí.
Jadeo y hago un suave sonido de lloriqueo.
—Esto es mío —murmura en mi oído. Cerrando los ojos, mueve su dedo lentamente dentro y fuera de mí—. No quiero que nadie más vea esto.
Mi respiración se entrecorta, mi jadeo coincidiendo con el ritmo de su dedo. Verlo en el espejo, haciendo esto… está más allá de lo erótico.
—Así que se una buena chica y no te inclines, deberías estar bien.
—¿Lo apruebas? —susurro.
—No, pero no voy a impedir que lo uses. Estás deslumbrante, Paula. —Retira su dedo abruptamente, dejándome con ganas de más, y se mueve para enfrentarme. Apoya la punta del dedo invasor en mi labio inferior.
Instintivamente, frunzo los labios y lo beso, y soy recompensada con una sonrisa maliciosa. Él se lleva el dedo a la boca y su expresión me informa que tengo buen sabor... muy bueno. Me sonrojo. ¿Siempre me sorprenderá cuando haga eso?
Él toma mi mano.
—Ven —me ordena en voz baja. Quiero responder que estaba a punto, pero a la luz de lo ocurrido en la sala de juegos de ayer, decido lo contrario.
*****
Estamos a la espera del postre en un exclusivo restaurante de lujo de la ciudad. Ha sido una noche animada hasta ese momento, y Malena está determinada a que continúe y en que debemos ir a bailar. En este momento está sentada en silencio por una vez, pendiente de cada palabra de Lucas mientras él y Pedro hablan. Malena está obviamente encaprichada con Lucas, y Lucas está… bueno, es difícil de decir. No sé si son sólo amigos o si hay algo más.
Pedro parece a gusto. Ha estado hablando animadamente con Lucas.
Obviamente se unieron gracias a la pesca con mosca. Están hablando de psicología, principalmente.
Irónicamente, Pedro suena más informado.
Resoplo suavemente mientras escucho a medias la conversación, reconociendo tristemente que su experiencia es resultado de su trato con tantos psiquiatras.
Tú eres la mejor terapia. Sus palabras, susurradas mientras hacíamos el amor una vez, hacen eco en mi cabeza. ¿Lo soy? Oh, Pedro, eso espero.
Miro a Lourdes. Está hermosa, pero siempre es así. Ella y Gustavo están menos animados. Él parece nervioso, sus bromas un poco demasiado fuertes, y su risa un poco apagada. ¿Han tenido una pelea? ¿Qué es lo que le preocupa? ¿Es esa mujer? Mi corazón se hunde ante la idea de que él pudiera lastimar a mi mejor amiga. Miro hacia la entrada, casi esperando ver a Georgina paseando calmadamente su trasero bien cuidado por todo el restaurante hacia nosotros. Mi mente está jugándome trucos, sospecho que es la cantidad de alcohol que he bebido. Mi cabeza está comenzando a doler.
De repente, Gustavo nos sorprende a todos poniéndose de pie y empujando su silla hacia atrás de forma que raspa el suelo de baldosas. Todas las miradas se dirigen a él. Mira a Lourdes por un momento y luego se pone de rodillas a su lado.
Oh. Dios. Mío.
Él toma su mano, y el silencio se instala como una manta sobre todo el restaurante mientras todos dejan de comer, dejan de hablar, dejan de caminar, y se quedan mirando.
—Mi hermosa Lourdes, te amo. Tu gracia, tu belleza y tu espíritu fogoso no tienen igual, y has capturado mi corazón. Pasa tu vida conmigo. Cásate conmigo.
¡Mierda!
Una vez de regreso en casa, Lourdes decide que nos merecemos unos cócteles después de nuestro gran espectáculo de compras y rápidamente nos prepara unos daiquiris de frutilla. Nos acurrucamos en los sofás de la sala de estar frente al fuerte fuego de la chimenea.
—Gustavo sólo ha estado un poco distante últimamente —murmura Lourdes, mirando las llamas. Lourdes y yo por fin tenemos un momento para nosotras mientras Malena guarda sus compras.
—¿Oh?
—Y creo que estoy en problemas por meterte en problemas.
—¿Te enteraste de eso?
—Sí. Pedro llamó a Gustavo; Gustavo me llamó.
Pongo los ojos en blanco. Oh, Cincuenta, Cincuenta, Cincuenta.
—Lo lamento. Pedro es... protector. ¿No has visto a Gustavo desde la noche de los cócteles?
—No.
—Oh.
—Realmente me gusta, Paula —susurra. Y por un horrible minuto creo que va a llorar. Ésta no es Lourdes. ¿Esto significa el regreso de los pijamas rosa?
Se vuelve hacia mí.
—Me he enamorado de él. Al principio pensé que era sólo el sexo genial.Pero él es encantador y amable y cálido y divertido. Podía vernos envejeciendo juntos, sabes... hijos, nietos… todo.
—Tus felices para siempre —susurro.
Asiente tristemente.
—Quizás deberías hablar con él. Intenta encontrar algo de tiempo a solas aquí. Averigua qué lo está preocupando.
Quién lo está preocupando, gruñe mi subconsciente. La abofeteo, sorprendida ante la rebeldía de mis propios pensamientos.
—¿Quizás podrían dar un paseo mañana por la mañana?
—Veremos.
—Lourdes, odio verte así.
Ella sonríe débilmente, y me inclino para abrazarla.
Resuelvo no mencionarle a Georgina, aunque sí podría mencionárselo al mujeriego. ¿Cómo puede meterse con el cariño de mi amiga de esta manera?
Malena regresa, y pasamos a un territorio más seguro.
El fuego sisea y escupe chispas en el hogar cuando lo alimento con el último leño. Ya casi se nos acabó la leña. A pesar de que es verano, el fuego es muy bienvenido en este día de lluvia.
—Malena, ¿sabes dónde está la leña para el fuego? —pregunto mientras ella sorbe su daiquiri.
—Creo que está en el garaje.
—Voy a ir a buscar un poco. Me dará una oportunidad para explorar.
La lluvia ha aminorado cuando me aventuro afuera y me dirijo al garaje para tres coches contiguo a la casa. La puerta lateral está abierta y entro, encendiendo la luz para ahuyentar la oscuridad. Las tiras fluorescentes cobran vida ruidosamente.
Hay un coche en el garaje, y me doy cuenta de que es el Audi en el que vi a Gustavo esta tarde. También hay dos motos de nieve. Pero lo que realmente me llama la atención son las dos motocicletas, ambas de 125cc. Recuerdos de Lucas valientemente haciendo el esfuerzo de enseñarme a montar una el verano pasado pasan por mi mente.
Inconscientemente, froto el brazo donde me lastimé gravemente en una caída.
—¿Conduces? —pregunta Gustavo detrás de mí.
Me vuelvo rápidamente.
—Has vuelto.
—Eso parece —dice sonriendo, y me doy cuenta de que Pedro podría decirme lo mismo; pero sin la enorme sonrisa que derrite el corazón—. ¿Y bien? —pregunta.
¡Mujeriego!
—Más o menos.
—¿Quieres intentarlo?
Resoplo.
—Um, no... no creo que Pedro estuviera muy feliz si lo hiciera.
—Pedro no está aquí. —Gustavo esboza una sonrisa de satisfacción, oh, es un rasgo familiar, y agita su brazo para indicar que estamos solos. Se pasea hacia la motocicleta más cercana y pasa una larga pierna cubierta en jean por encima del asiento, sentándose a horcajadas y tomando el manubrio.
—Pedro tiene, um... problemas con mi seguridad. No debería.
—¿Siempre haces lo que él dice? —Gustavo tiene un brillo perverso en sus ojos azules bebé, y veo un destello del chico malo... el chico malo del que Lourdes se ha enamorado.
El chico malo de Detroit.
—No. —Arqueo una ceja en reprimenda—. Pero estoy intentando corregir eso. Él tiene suficiente con que preocuparse sin añadirme a la mezcla.
¿Regresó?
—No lo sé.
—¿No fuiste a pescar?
Gustavo sacude la cabeza.
—Tenía algunos asuntos que atender en la ciudad.
¡Negocios! Y una mierda… ¡negocios rubios bien arreglados! Inhalo con fuerza y lo miro boquiabierta.
—Si no quieres conducir, ¿qué estás haciendo en el garaje? —Gustavo está intrigado.
—Estoy buscando leña para el fuego.
—Ahí estás. Oh, Gustavo… regresaste —nos interrumpe Lourdes.
—Hola, nena. —Él sonríe ampliamente.
—¿Atrapaste algo?
Examino la reacción de Gustavo.
—No. Tenía un par de cosas que atender en la ciudad. —Y por un breve momento, veo un destello de incertidumbre cruzar su rostro.
Oh mierda.
—Vine a ver qué estaba deteniendo a Paula. —Lourdes nos mira, confundida.
—Sólo estábamos charlando —dice Gustavo, y la tensión crepita entre ellos.
Todos nos detenemos cuando oímos un coche detenerse afuera. ¡Oh!
Pedro está de vuelta. Gracias a Dios. El mecanismo que abre la puerta del garaje zumba fuertemente al ponerse en marcha, sorprendiéndonos a todos, y la puerta lentamente se levanta para revelar a Pedro y a Lucas descargando la caja de una camioneta negra. Pedro se detiene cuando nos ve parados en el garaje.
—¿Una banda de garaje? —pregunta sarcásticamente mientras se pasea dentro, dirigiéndose directamente hacia mí.
Sonrío. Estoy aliviada de verlo. Debajo de su chaqueta de pesca, viste los overoles que le vendí en Claytons.
—Hola —dice mirándome curiosamente, ignorando a Lourdes y a Gustavo.
—Hola. Lindos overoles.
—Muchos bolsillos. Muy práctico para la pesca. —Su voz es suave y seductora, para mis oídos nada más, y cuando me mira, su expresión es ardiente.
Me sonrojo, y él esboza una sonrisa enorme, sin restricciones, toda para mí.
—Estás mojado —murmuro.
—Estaba lloviendo. ¿Qué están haciendo en el garaje? —Finalmente reconoce que no estamos solos.
—Paula vino a buscar un poco de leña. —Gustavo sonríe. De alguna manera se las arregla para hacer que esa frase suene obscena—. Intenté tentarla para que diéramos un paseo. —Es el maestro del doble sentido.
El rostro de Pedro cae, y mi corazón se detiene.
—Dijo que no. Que no te gustaría —dice Gustavo amablemente y libre de insinuaciones.
La mirada gris de Pedro vuelve hacia mí.
—¿Lo hizo? —murmura.
—Escuchen, estoy totalmente a favor de quedarme aquí a discutir qué es lo que Paula hizo después pero, ¿volvemos a entrar? —dice bruscamente Lourdes. Se inclina, arrebata dos leños, y se vuelve sobre los talones, pisando con fuerza hacia la puerta. Oh, mierda. Lourdes está enfadada, pero sé que no es conmigo. Gustavo suspira y, sin decir una palabra, la sigue. Los miro irse, pero Pedro me distrae.
—¿Sabes montar en moto? —pregunta, con su voz mezclada con incredulidad.
—No muy bien. Lucas me enseñó.
Sus ojos se congelan de inmediato.
—Tomaste la decisión correcta —dice, su voz mucho más fría—. La tierra está muy dura ahora, y la lluvia la ha hecho traicionera y resbaladiza.
—¿Dónde quieres el equipo de pesca? —grita Lucas desde afuera.
—Déjalo, Lucas… Taylor se encargará.
—¿Qué hay de los peces? —continua Lucas, su voz vagamente burlona.
—¿Atrapaste un pez? —pregunto, sorprendida.
—Yo no. Kavanagh lo hizo. —Y Pedro hace pucheros… que le sientan bien.
Estallo en risas.
—La Sra. Bentley se encargará de ello —exclama. Lucas sonríe y se dirige hacia la casa.
—¿La estoy divirtiendo, Sra. Alfonso?
—Muchísimo. Estás mojado… déjame prepararte un baño.
—Mientras que te unas a mí. —Se inclina y me besa.
—¡Oh, no! —dice de repente Lourdes.
Todas las miradas se vuelven hacia ella.
—Miren —dice, señalando la ventana. Afuera, ha comenzado a llover a cántaros. Estamos sentados alrededor de la mesa de madera oscura en la cocina después de haber consumido un festín italiano de antipasto mixto,preparado por la Sra. Bentley, y una botella o dos de Frascati. Estoy repleta y un poco aturdida por el alcohol.
—Ahí va nuestra caminata —murmura Gustavo, sonando vagamente aliviado.
Lourdes le frunce el ceño. Definitivamente algo les sucede. Se han relajado con todos nosotros, pero no entre sí.
—Podríamos ir a la ciudad —dice Malena de repente. Ethan le sonríe.
—Clima perfecto para pescar —sugiere Pedro.
—Iré a pescar —dice Lucas.
—Dividámonos —Malena aplaude—. Las chicas, de compras… los chicos,cosas aburridas al aire libre.
Echo un vistazo a Lourdes, quien observa a Malena indulgentemente. ¿Pescar o de compras? Por Dios, qué decisión.
—Paula, ¿qué quieres hacer? —pregunta Pedro.
—No me importa —miento.
Lourdes encuentra mi mirada y articula la palabra "de compras".
Quizás quiera hablar.
—Pero estoy más que feliz con ir de compras. —Le sonrío irónicamente a Lourdes y a Malena. Pedro sonríe. Sabe que odio ir de compras.
—Puedo quedarme aquí contigo, si quieres —murmura, y algo oscuro se despliega en mi vientre ante su tono.
—No, ve a pescar —respondo. Pedro necesita tiempo de chicos.
—Suena como un plan —dice Lourdes, levantándose de la mesa.
—Taylor las acompañará —dice Pedro y es un hecho… no está abierto a discusión.
—No necesitamos niñera —contesta Lourdes sin rodeos, directa como siempre.
Pongo mi mano sobre el brazo de Lourdes.
—Lourdes, Taylor debería de venir.
Ella frunce el ceño, luego se encoge de hombros, y por primera vez en su vida detiene su lengua.
Sonrío tímidamente a Pedro. Su expresión se mantiene impasible. Oh, espero que no esté enfadado con Lourdes.
Gustavo frunce el ceño.
—Necesito recoger una batería para mi reloj en la ciudad. —Echa un rápido vistazo a Lourdes, y veo su ligero rubor. Ella no lo nota porque está ignorándolo deliberadamente.
—Toma el Audi, Gustavo. Cuando vuelvas podemos ir a pescar —dice Pedro.
—Sí —murmura Gustavo, pero parece distraído—. Buen plan.
*****
—Vamos —Tomando mi mano, Malena me arrastra dentro de una tienda de diseñador que es todo seda rosa y falsos muebles rústicos franceses. Lourdes nos sigue mientras Taylor espera afuera, refugiándose de la lluvia bajo el toldo.
Aretha está cantando "Say A Little Prayer" en el sistema de sonido de la tienda. Me encanta esta canción. Debería ponerla en el iPod de Pedro.
—Éste te estará maravilloso, Paula. —Malena sostiene un trozo de tela plateada—. Toma, pruébatelo.
—Um... es un poco corto.
—Te verás fantástica en él. A Pedro le encantará.
—¿Tú crees?
Malena me sonríe brillantemente.
—Paula, tienes unas piernas para morirse, y si vamos a una discoteca esta noche —dice sonriendo, percibiendo una presa fácil—, te verás sexy para tu esposo.
Le pestañeo, ligeramente sorprendida. ¿Vamos a ir a una discoteca? Yo no hago eso.
Lourdes se ríe de mi expresión. Parece más relajada ahora que está lejos de Gustavo.
—Deberíamos hacer unos movimientos —dice ella.
—Ve a probártelo —ordena Malena, y de mala gana me dirijo hacia el cambiador.
*****
Mientras espero a que Lourdes y Malena salgan de sus cambiadores, me paseo hacia la ventana de la tienda y miro hacia afuera, sin ver, al otro lado de la calle principal. La recopilación de música soul sigue: Dionne Warwick está cantando "Walk On By". Otra gran canción; una de las favoritas de mi madre. Miro El Vestido en mi mano. Vestido que quizá sea una exageración. No tiene espalda y es muy corto, pero Malena lo ha declarado el ganador, perfecto para bailar toda la noche. Al parecer, también necesito zapatos, y un gran y grueso collar, que buscaremos después.
Poniendo los ojos en blanco, reflexiono una vez más en lo afortunada que soy de tener a Caroline Acton, mi propia compradora personal.
A través de la ventana de la tienda me distrae el avistamiento de Gustavo. Ha aparecido del otro lado de la arbolada calle principal, saliendo de un gran Audi. Se sumerge en una tienda como para escabullirse de la lluvia.
Luce como una joyería... quizás esté buscando esa batería de reloj. Emerge unos minutos más tarde y no lo hace solo; lo hace con una mujer.
¡Mierda! ¡Está hablando con Georgina! ¿Qué demonios hace ella aquí?
Mientras observo, se abrazan brevemente y ella inclina la cabeza hacia atrás, riendo animadamente de algo que él dice. Él la besa en la mejilla y luego corre hacia el coche que lo espera. Ella se vuelve y camina por la calle, y la miro boquiabierta. ¿Qué fue eso? Me vuelvo ansiosamente hacia los cambiadores, pero todavía no hay señal de Lourdes o Malena.
Echo un vistazo a Taylor, quien está esperando afuera de la tienda. Él atrapa mi mirada y luego se encoge de hombros.
También ha sido testigo del pequeño encuentro de Gustavo.
Me sonrojo, avergonzada de haber sido atrapada espiando.
Volviéndome, Malena y Lourdes aparecen, ambas riendo.
Lourdes me mira con curiosidad.
—¿Qué sucede, Paula? —pregunta—. ¿Has cambiado de opinión acerca del vestido? Te estás sensacional con él.
—Um, no.
—¿Estás bien? —Los ojos de Lourdes se agrandan.
—Estoy bien. ¿Pagamos? —Me dirijo a la caja uniéndome a Malena quien ha elegido dos faldas.
—Buenas tardes, señora. —La joven asistente de ventas, que tiene más brillo recubriendo sus labios de lo que yo haya visto en un lugar, me sonríe—. Serían ochocientos cincuenta dólares.
¿Qué? ¡Por este pedazo de tela! Parpadeo y humildemente le entrego mi Amex negra.
—Sra. Alfonso —ronronea la Srta. Brillo Labial.
Sigo aturdida a Lourdes y Malena por las próximas dos horas, peleando conmigo misma. ¿Debería contarle a Lourdes?
Mi subconsciente sacude firmemente la cabeza. Sí, debería contarle. No, no debería. Podría haber sido sólo una reunión inocente. Mierda. ¿Qué debería hacer?
—Bueno, ¿te gustan los zapatos, Paula? —Malena tiene los puños en las caderas.
—Um... sí, seguro.
Termino con un par de zapatos Manolo Blahnik increíblemente altos con tiras que parecen estar hechas de espejos. Combinan perfectamente con el vestido y acaban de costarle a Pedro más de mil dólares. Soy más afortunada con la larga cadena de plata que Lourdes insiste en que compre; es una ganga de ochenta y cuatro dólares.
—¿Acostumbrándote a tener dinero? —pregunta Lourdes sin mala intención mientras regresamos al coche. Malena se ha adelantado a los saltos.
—Sabes que ésta no soy yo,Lourdes. Estoy un poco incómoda con todo esto.Pero estoy bien informada de que es parte del paquete. —Frunzo los labios, y ella pone su brazo alrededor de mí.
—Te acostumbrarás, Paula —dice con compasión—. Te verás muy bien.
—Lourdes, ¿cómo están Gustavo y tú? —pregunto.
Sus grandes ojos azules se fijan en los míos.
Oh, no.
Ella sacude la cabeza.
—No quiero hablar de eso ahora. —Asiente en dirección a Malena—. Pero las cosas están… —No termina la frase.
Ésta no es mi tenaz Lourdes. Mierda. Sabía que algo estaba sucediendo. ¿Le digo lo que vi? ¿Qué es lo que vi? Gustavo y la Sta. Predadora Sexual Bien Vestida hablando, abrazándose, y ese beso en la mejilla. ¿Seguramente no son más que viejos amigos? No, no se lo diré. No ahora. Le doy un asentimiento que dice “entiendo completamente y respetaré tu privacidad”.
Ella toma mi mano y le da un apretón agradecido, y ahí está, un rápido vistazo de pena y dolor en sus ojos que ella rápidamente reprime con un parpadeo. Siento una repentina oleada de protección por mi querida amiga. ¿A qué demonios está jugando Gustavo Mujeriego Grey?