jueves, 5 de febrero de 2015

CAPITULO 107





Mientras me aprieto a su alrededor, encontrando mi liberación una vez más,Pedro se deshace en mis brazos, su cabeza para atrás mientras grita mi nombre.


Me agarra apretadamente contra su pecho mientras nos sentamos nariz con nariz en la mitad de la enorme cama, yo a horcajadas en él. Y en este momento —este momento de alegría con este hombre y esta música—, la intensidad de mi experiencia esta mañana aquí con él y todo lo que ha ocurrido durante la semana pasada me abruma de nuevo, no sólo físicamente, sino también emocionalmente.


Estoy tan profunda, profundamente enamorada de él. Por primera vez veo un brillo de entendimiento en cuanto a cómo se siente él respecto a mi seguridad.


Recordando su incidente con Charlie Tango ayer, me estremezco con el pensamiento y las lágrimas inundan mis ojos. Si algo alguna vez le pasara… lo amo tanto. Mis lágrimas se deslizan sin permiso por mis mejillas. Hay tantas caras de Pedro —su dulce y gentil personalidad, y su rudo y Dominante lado de puedo-hacer-lo-que-me-plazca-contigo-y-te-vendrás-como-un-tren—, sus Cincuenta sombras, todo de él. Todo es espectacular. Todo es mío. Y noto que no nos conocemos bien el uno al otro, y tenemos una montaña de asuntos con los que lidiar, pero sé que, por ambos, lo haremos, y tendremos una vida entera para hacerlo.


—Oye —susurra, agarrando mi cabeza en sus manos, mirándome. Está todavía dentro de mí—. ¿Por qué estás llorando? —Su voz está llena de preocupación.


—Porque te amo tanto —susurro. Él medio cierra los ojos como si estuviera drogado, absorbiendo mis palabras. 

Cuando los abre de nuevo, resplandecen con su amor.


—Y yo a ti, Paula. Tú me… completas. —Me besa cariñosamente mientras Roberta Flack termina su canción.



* * *


Hemos hablado, hablado, y hablado, sentados juntos en la cama del Salón de Juegos, yo en su regazo, nuestras piernas alrededor de las de cada uno. La sábana de satén rojo está envuelta a nuestro alrededor como un capullo real, y no tengo idea de cuánto tiempo ha pasado. Pedro está riéndose de mi imitación de Lourdes durante la sesión de fotos en el Heathman.


—Y pensar que podría haber sido ella la que viniera a entrevistarme. Gracias al Señor por el resfriado común —murmura y besa mi nariz.


—Creo que tenía gripe, Pedro—lo regaño, deslizando mis dedos ociosamente a través del vello de su pecho y maravillándome porque esté tolerándolo tan bien—. Todos los azotes se han ido —murmuro, recordando mi distracción de antes. Él acomoda mi cabello tras mi oreja por enésima vez.


—No creo que alguna vez pases ese límite duro.


—No, no creo que lo haga —susurro con los ojos ampliamente abiertos, luego me encuentro a mí misma mirando las fustas, palas y floggers que están alineados en la pared opuesta. Él sigue mi mirada.


—¿Quieres que me deshaga de esos también? —Está divertido, pero es sincero.


—No del fuete… el marrón. O de ese flogger suizo, ya sabes. —Me sonrojo.


Él me sonríe.


—De acuerdo, el fuete y el flogger. Vaya, señorita Chaves, estás llena de sorpresas.


—Igual que tú, Sr. Grey. Es una de la cosas que amo de ti. —Lo beso suavemente en la esquina de su boca.


—¿Qué otra cosa amas de mí? —pregunta, y sus ojos se amplían.


Sé que es gran cosa para él hacer esta pregunta. Aquello me llena de humildad y parpadeo hacia él. Amo todo de él, incluso sus Cincuenta sombras. Sé que la vida con Pedro jamás será aburrida.


—Esto. —Deslizo mi dedo índice a lo largo de sus labios—. Amo esto, y lo que sale de ahí, y lo que me haces con ella. Y lo que está aquí. —Acaricio su frente—. Eres tan listo, ingenioso, culto y competente en tantas cosas. Pero sobre todo, amo lo que está aquí. —Presiono mi palma gentilmente contra su pecho, sintiendo el equilibrado latir de su corazón—. Eres el hombre más compasivo que alguna vez he conocido. Lo que haces. Cómo trabajas. Es impresionante —susurro.


—¿Impresionante? —Está perplejo, pero hay un rastro de humor en su cara. Luego su rostro se transforma, y su tímida sonrisa aparece como si estuviera avergonzado, y quiero lanzarme sobre él. Así que lo hago.



* * *


Estoy durmiendo, envuelta en satén y en Alfonso. Pedro me despierta acariciándome.


—¿Hambrienta? —susurra.


—Hmm, famélica.


—También yo.


Me inclino para verlo tumbado en la cama.


—Es tu cumpleaños, Sr. Alfonso. Te cocinaré algo. ¿Qué te gustaría?


—Sorpréndeme. —Desliza su mano por mi espalda, acariciándome gentilmente—. Debería revisar mi BlackBerry por todos los mensajes que no vi ayer. —Suspira y empieza a sentarse, y sé que este momento especial se ha terminado… por ahora.


—Duchémonos —dice.


¿Quién soy para rechazar al cumpleañero?



* * *


Pedro está en su estudio, al teléfono. Taylor está con él, luciendo serio pero casual en sus jeans y una camiseta negra apretada. Me ocupo en la cocina haciendo el almuerzo. He encontrado filetes de salmón en el refrigerador, y estoy cociéndolos con limón, haciendo ensalada y cociendo papás pequeñas. Me siento
extraordinariamente relajada y feliz, en la cima del mundo… literalmente.


Volviéndome hacia la enorme ventana, miro al glorioso cielo azul. Toda esa charla… todo el sexo… hmm. Una chica podría acostumbrarse a eso.


Taylor emerge del estudio, interrumpiendo mi ensueño. 


Apago mi iPod y saco uno de los audífonos.


—Hola, Taylor.


—Paula. —Asiente.


—¿Tu hija está bien?


—Sí, gracias. Mi ex-esposa pensó que ella tenía apendicitis, pero estaba exagerando, como de costumbre. —Taylor pone los ojos en blanco, sorprendiéndome—. Sofia está bien, aunque tiene un repugnante parásito estomacal.


—Lo lamento.


Sonríe.


—¿Charlie Tango ha sido localizado?


—Sí. El equipo de recuperación está en camino. Debería regresar a Boeing Field tarde en la noche.


—Oh, qué bien.


Me da una incómoda sonrisa.


—¿Eso será todo, señora?


—Sí, sí, por supuesto. ―Me sonrojo, ¿alguna vez me acostumbraré a que Taylor me llame señora? Me hace sentir tan vieja, al menos de treinta.


Asiente y se dirige al gran salón. Pedro está todavía al teléfono. Estoy esperando que las papas hiervan. Aquello me da una idea. Buscando en mi bolso, encuentro mi BlackBerry. Hay un texto de Lourdes.


*Te veo esta noche. Esperando una laaaarga charla*


Texteo de vuelta.


*Yo igual*


Será bueno hablar con Lourdes.


Abriendo el programa de e-mail, rápidamente tecleo un mensaje para Pedro.




De: Paula Chaves

Asunto: Almuerzo

Fecha: Junio 18, 2014 13:12

Para: Pedro Alfonso


Querido Sr. Alfonso.


Te envío este e-mail para informarte que tu almuerzo está casi listo. Y que tuve un sexo pervertido alucinante esta mañana. El sexo pervertido o de cumpleaños debería ser recomendado. Y, otra cosa… te amo.

Px
(Tu prometida)


Escucho cuidadosamente por una reacción, pero él todavía está al teléfono. Me encojo de hombros. Tal vez está demasiado ocupado. Mi BlackBerry vibra.



De: Pedro Alfonso

Asunto: Sexo Pervertido

Fecha: Junio 18, 2014 13:15

Para: Paula Chaves


¿Qué aspecto fue más alucinante?
Tomaré nota.


Pedro Alfonso, Gerente General Famélico y Exhausto Después de Los Esfuerzos Matutinos, Alfonso Enterprises Holdings Inc.


PD: Adoro tu firma.
PPD: ¿Qué sucedió con el arte de la conversación?




De: Paula Chaves

Asunto: ¿Famélico?

Fecha: Junio 18, 2014 13:18

Para: Pedro Alfonso


Querido Sr Alfonso.


Traigo tu atención a la primera línea de mi e-mail previo informándote que tu almuerzo está, de hecho, casi listo… así que nada de esta tontería de famélico y exhausto. Con respecto a los aspectos alucinantes de tu sexo pervertido…
francamente: todos ellos. Estaría interesada en leer tus notas. Y me gusta mi firma también.

P x
(Tu prometida)

PD: ¿Desde cuándo has sido tan locuaz? ¡Y estás al teléfono!


Presiono enviar y levanto la mirada, y él está de pie frente a mí, sonriendo con suficiencia. Antes de que pueda decir algo, se acerca al pasillo de la cocina, me arrastra a sus brazos y me besa serenamente


—Eso es todo, señorita Chaves —dice, liberándome, y pasea, en sus jeans, pies desnudos y camisa blanca si meter, de vuelta a su oficina, dejándome sin aliento.



* * *


He hecho una salsa de berro, cilantro y crema agria para acompañar el salmón, y he arreglado la barra de desayuno. 


Odio interrumpirlo mientras está trabajando,pero ahora estoy en el umbral de su oficina. Todavía está al teléfono, con su cabello de acabo-de-follar y brillantes ojos grises, un festín nutritivo visual. Levanta la mirada cuando me ve y no aparta sus ojos de mí. Frunce el ceño ligeramente y no sé si es por mí o por su conversación.


—Sólo déjalos pasar y no los dejes solos. ¿Entiendes, Malena? —sisea y pone los ojos en blanco—. Bien.


Hago mímica de comer y él me sonríe y asiente.


—Te veré después. —Cuelga—. ¿Una llamada más? —pregunta.


—Seguro.


—Ese vestido es muy corto —añade.


—¿Te gusta? —Le doy una vuelta rápida. Es una de la compras de Caroline Acton.


Un vestido veraniego color turquesa, probablemente más adecuado para la playa, pero es un día tan bonito en tantos niveles. Él frunce el ceño y mi rostro caer.


—Te ves fantástica en él, Paula. Simplemente no quiero que nadie más te vea así.


—¡Oh! —Frunzo el ceño hacia él—. Estamos en casa, Pedro. No hay nadie más aparte del personal.


Su boca si retuerce y, o está intentando esconder su diversión o realmente no cree que esto sea gracioso. Pero, eventualmente, asiente, tranquilizado. Sacudo la cabeza, ¿de verdad está hablando en serio? Me dirijo a la cocina.
Cinco minutos después, está de nuevo frente a mí, sosteniendo el teléfono.


—Tengo a Reinaldo para ti —murmura, sus ojos cauteloso.


Todo el aire deja mi cuerpo de inmediato. Tomo el teléfono y cubro el micrófono.


—¡Le dijiste! —siseo. Pedro asiente, y sus ojos se amplían ante mi obvia mirada de angustia.


¡Mierda! Tomo una profunda respiración.


―Hola, papá.


Pedro acaba de preguntar si puede casarse contigo —dice Reinaldo.


Oh, mierda. El silencio se extiende entre nosotros y desesperadamente pienso en qué decir. Reinaldo, como es costumbre, permanece en silencio, sin darme una pista de
cuál es su reacción ante las noticias.


—¿Qué le dijiste? —respondo entrecortadamente.


―Dije que quería hablar contigo. Es un poco repentino, ¿no lo crees, Pau? No lo has conocido por mucho tiempo. Quiero decir, es un tipo agradable, sabe pescar… pero, ¿tan pronto? —Su voz es calmada y medida.


—Sí. Es repentino… espera. —Apresuradamente, dejo el área de la cocina, lejos de la ansiosa mirada de Pedro y me dirijo hacia la gran ventana. Las puertas hacia el balcón están abiertas, y doy un paso hacia la luz del sol. No puedo caminar hacia el límite. Está demasiado arriba.


—Sé que es repentino y todo, pero… bueno, lo amo. Me ama. Quiere casarse conmigo, y nunca habrá nadie más para mí. —Me sonrojo pensando que ésta es probablemente la conversación más íntima que alguna vez he tenido con mi
padrastro.


Reinaldo está en silencio al otro lado del teléfono.


—¿Le has dicho a tu madre?


—No.


—Pau… sé que él es rico y elegible, ¿pero casarse? Es un paso tan grande. ¿Estás segura?


—Él es mi felices por siempre —susurro.


—Guau —dice Reinaldo tras un momento, su tono más suave.


—Lo es todo.


—Pau, Pau, Pau. Eres una mujer joven tan testaruda. Espero por Dios que sepas lo que estás haciendo. Pásamelo, ¿quieres?


—Seguro, papá, ¿y me entregarás en la boda? —pregunto calmadamente.


—Oh, cariño. —Su voz se rompe, y está callado por unos cuantos momentos, la emoción en sus voz trayendo lagrimas a mis ojos—. Nada me daría mayor placer
—dice eventualmente.


Oh, Reinaldo. Te quiero tanto… trago saliva, para evitar seguir llorando.


—Gracias, papá. Te pasaré a Pedro. Sé gentil con él. Lo amo —susurro.


Creo que Reinaldo está sonriendo al final de la línea, pero es difícil de decir. Siempre es difícil saber con Reinaldo.


—Seguro, Pau. Y ven y visita a este viejo, y trae a Pedro contigo.


Marcho de vuelta al salón —enojada con Pedro por no advertirme—, y le paso el teléfono, mi expresión dejándole saber cuán molesta estoy. Está divertido cuando toma el teléfono y vuelve a su estudio.


Dos minutos después, reaparece.


—Tengo la bendición concedida de mala gana de tu padrastro —dice orgullosamente, tan orgullosamente que, de hecho, me hace reír tontamente, y él me sonríe. Está actuando como si acabara de negociar una nueva fusión o adquisición que, supongo, en algún nivel ha hecho.



* * *


—Maldición, eres una buena cocinera mujer. —Pedro traga su último bocado y alza su copa de vino blanco hacia mí. Me ruborizo bajo sus elogios y se me ocurre que solo llegaré a cocinar para él los fines de semana. Frunzo el ceño. Me gusta cocinar. Quizás debería hacerle un pastel por su cumpleaños. Reviso mi reloj.


Todavía tengo tiempo.


—¿Paula? —Interrumpe mis pensamientos—. ¿Por qué me pediste no tomarte fotos? —Su pregunta me sobresalta más porque su voz es engañosamente suave.


Oh… mierda. Las fotos. Miro fijamente abajo, a mi plato vacío, torciendo mis dedos en mi regazo. ¿Qué puedo decir? 


Me prometí a mí misma no mencionar que encontré su versión de Readers’ Wives.


—Paula —chasquea—. ¿Qué es? —Me hace saltar, y su voz me ordena mirarlo.


¿Cuándo pensé que él no me intimidaba?


—Encontré tus fotos —susurro.


Sus ojos se amplían en shock.


—¿Has estado en la caja fuerte? —pregunta, incrédulo.


—¿Caja fuerte? No. No sabía que tenías una caja fuerte.


Él frunce el ceño.


—No entiendo.


—En tu armario. La caja. Estaba buscando tu corbata y la caja estaba bajo tus vaqueros… los que normalmente usas en la sala de juegos. Excepto hoy. —Me ruborizo.


Me mira boquiabierto, horrorizado y corre su mano nerviosamente a través de su cabello mientras procesa la información. Frota su barbilla, perdido en sus pensamientos, pero no puede enmascarar la molestia perpleja grabada en su rostro. Abruptamente, sacude la cabeza, exasperado —pero divertido también— y una tenue sonrisa de admiración besa la esquina de su boca. Junta los dedos de sus manos frente a él y se enfoca en mí una vez más.


—No es lo que piensas. Me había olvidado por completo de ellas. Esa caja se ha movido. Esas fotografías pertenecen a mi caja fuerte.


—¿Quién las movió? —susurro.


Él traga.


—Solo hay una persona que podría haber hecho eso.


—Oh. ¿Quién? Y, ¿qué quieres decir con “no es lo que pienso”?


Él suspira e inclina su cabeza hacia un lado y creo que está avergonzado. ¡Debería estarlo! gruñe mi subconsciente.


—Esto va a sonar frío pero… hay una póliza de seguros —susurra, armándose de valor por mi respuesta.


—¿Póliza de seguros?


—Contra la exposición.


El centavo cae y repiquetea incómodamente gira y gira en mi cabeza vacía.


—Oh —murmuro, porque no puedo pensar en qué más decir. Cierro mis ojos. Esto es. Estos son Cincuenta Tonos de Mierda, justo aquí, justo ahora—. Sí, tienes razón —murmuro—. Eso suena frío. —Me pongo de pie para aclarar nuestros platos. No quiero saber nada más.


—Paula.


—¿Ellas saben? ¿Las chicas… las sumisas?


Él frunce el ceño.


—Por supuesto que saben.


Oh, bueno, eso es algo. Se estira, agarrándome y halándome hacia él.


—Esas fotos se supone que están en la caja fuerte. No son para uso recreativo. —Se detiene—. Quizás lo fueron cuando fueron tomadas originalmente. Pero… —Se detiene, implorándome—. No significan nada.


—¿Quién las puso en tu armario?


—Solo podría haber sido Lorena.


—¿Ella sabe la combinación de tu caja fuerte?


Se encoge de hombros.


—No me sorprendería. Es una combinación muy larga, y la uso tan raramente. Es el número que la tengo escrito abajo y no la he cambiado. —Sacude su cabeza—. Me pregunto qué más sabe y si se ha llevado algo más de aquí. —Frunce el ceño, luego vuelve su atención de vuelta a mí—. Mira, destruiré las fotos. Ahora si lo deseas.


—Son tus fotos Pedro. Haz con ellas lo que desees —susurro.


—No seas así —dice, tomando mi cabeza en sus manos y sosteniendo mi mirada con la suya—. No quiero esa vida. 
Quiero nuestra vida, juntos.


Santo cielo. ¿Cómo sabe que debajo de mi horror acerca de esas fotos está el hecho de que soy paranoica?


—Paula, pensé que exorcizamos a todos esos fantasmas esta mañana. Me siento así. ¿Tú no?


Parpadeo hacia él, rememorando nuestra muy, muy placentera, romántica y francamente sucia mañana en su cuarto de juegos.


—Sí. —Sonrío—. Sí, me siento así también.


—Bien. —Se inclina hacia adelante y me besa, plegándome en sus brazos—. Las trituraré murmura—. Y entonces tengo que trabajar. Lo siento nena, pero tengo una montaña de negocios para terminar esta tarde.


—Es genial. Tengo que llamar a mi madre. —Hago una mueca—. Luego quiero hacer unas compras y hornearte un pastel.


Él sonríe y sus ojos se iluminan como un niño pequeño.


—¿Un pastel?


Asiento.


—¿Un pastel de chocolate?


—¿Quieres un pastel de chocolate? —Su sonrisa es infecciosa.


Él asiente.


—Veré lo que puedo hacer Sr. Alfonso.


Me besa una vez más.





miércoles, 4 de febrero de 2015

CAPITULO 106





Pedro se detiene fuera de la sala de juegos.


—¿Estás segura de esto? —pregunta, sin embargo, su mirada se calienta ansiosa.


—Sí —murmuro, sonriendo tímidamente hacia él.


Sus ojos se ablandan.


—¿Hay alguna cosa que no quieres hacer?


Estoy confusa por su inesperada pregunta, y mi mente va a toda marcha. Un pensamiento se me ocurre.


—No quiero que tomes fotos de mí.


Él permanece quieto, y su expresión se endurece cuando ladea la cabeza hacia un lado y me mira especulativamente.


Oh, mierda. Creo que me va a preguntar por qué, pero afortunadamente no lo hace.


—Está bien —murmura. Frunce el ceño mientras abre la puerta, luego se para a un lado para darme paso a la habitación. Siento sus ojos en mí cuando me sigue dentro y cierra la puerta.


Colocando la caja de regalo en la cómoda, saca el iPod, lo enciende, y entonces se mueve hasta el centro de música en la pared de modo que las puertas de cristal ahumado se abren deslizándose silenciosamente. Aprieta algunos botones, y después de un momento, el sonido de un tren subterráneo hace eco por la habitación. Él le baja el volumen de modo que el ritmo lento, hipnótico electrónico
que sigue entra en ambiente. Una mujer comienza a cantar, no sé quién es ella, pero su voz es suave y ronca, y el ritmo es desmesurado, deliberado… erótico. Oh.


Es música para hacer el amor.


Pedro se vuelve hacia mí mientras yo permanezco en el centro de la habitación, mi corazón late con fuerza, mi sangre canta en mis venas, palpitando —o es lo que siento— coordinado al ritmo de la música seductora. Él se pasea casualmente hacia mí y me tira de la barbilla, de modo que ya no me muerda el labio.


—¿Qué es lo que quieres hacer, Paula? —murmura, plantando un casto beso suave en la comisura de mis labios, sus dedos sin soltar mi barbilla.


—Es tu cumpleaños. Lo que tú quieras —le susurro. Traza su pulgar a lo largo de mi labio inferior, su ceño fruncido, una vez más.


—¿Estamos aquí porque crees que quiero estar aquí? —Sus palabras son suaves, pero él me mira intensamente.


—No —le susurro—. Quiero estar aquí, también.


Su mirada se oscurece, cada vez más audaz mientras valora mi respuesta. Después de lo que parece una eternidad, habla:
—Oh, hay tantas posibilidades, señorita Chaves. —Su voz es baja, excitante—. Pero vamos a empezar con conseguir que te desnudes. —Él saca el cinturón de mi bata de modo que cae abierta, revelando mi camisón de seda, y luego da un paso atrás y se sienta tranquilamente en el brazo del sofá—. Quítate la ropa. Poco a poco. —Me da una mirada sensual y desafiante.


Trago compulsivamente, presionando mis muslos juntos. Ya estoy húmeda entre mis piernas. Mi Diosa interior está totalmente desnuda y de pie en línea, lista y esperando, y rogándome ponerse al día. Empujo la bata fuera de mis hombros, nunca dejando mis ojos los suyos, y encogiéndome de hombros, la dejo caer al suelo ondulando. 


Sus fascinantes ojos grises arden, y recorre su dedo índice sobre sus labios mientras me mira.


Deslizando los tirantes de mi camisón fuera de mis hombros, lo miro fijamente por impulso, y luego los libero. Mi camisón pasa rozando y ondeando suavemente por mi cuerpo, apiñándose a mis pies. Estoy desnuda y casi jadeando y tan lista.


Pedro se detiene por un momento, y me maravillo ante la franca apreciación carnal en su expresión. De pie, se dirige hacia la cómoda y toma su corbata gris plateado… mi corbata favorita. La toma a través de sus dedos mientras se da vuelta y pasea casualmente hacia mí, con una sonrisa en los labios. Cuando se pone delante de mí, espero que me pida las manos, pero no lo hace.


—Creo que estás mal vestida, señorita Chaves —murmura. 


Coloca la corbata alrededor de mi cuello, y poco a poco, pero hábilmente, la ata en lo que supongo que es un buen nudo Windsor. A medida que ajusta el nudo, sus dedos rozan la base de mi garganta y electricidad brota a través de mí, haciéndome jadear. Él deja la parte ancha de la corbata larga, lo suficientemente largo para que la punta roce mi vello púbico.


—Te ves muy bien ahora, señorita Chaves —dice y se inclina para darme un beso suavemente en los labios. Se trata de un beso rápido, y quiero más, el deseo envolviéndose desenfrenadamente a través de mi cuerpo.


—¿Qué vamos a hacer contigo ahora? —dice, y luego recogiendo la corbata, tira fuertemente de manera que me veo obligada a ir hacia adelante en sus brazos. Sus manos se sumergen en mi cabello y tira mi cabeza hacia atrás, y realmente me besa, duro, su lengua implacable y despiadada. Una de sus manos ronda suelta por mi
espalda hasta acunar mi trasero. Cuando él se retira, está jadeando también y mirando hacia mí, con los ojos gris fundido; y me quedo con ganas, sin aliento, mi ingenio totalmente disperso. Estoy segura de que mis labios se hinchan después de su asalto sensual.


—Date la vuelta —ordena suavemente y yo obedezco. 


Empujando mi cabello libre de la corbata, rápidamente lo trenza y asegura. Tira de la trenza de modo que mi cabeza se inclina en alto.


—Tienes un cabello hermoso, Paula —murmura y me besa la garganta, enviándome escalofríos corriendo arriba y abajo por mi espina dorsal—. Sólo tienes que decir basta. Ya lo sabes, ¿no? —susurra contra mi garganta.


Asiento con la cabeza, los ojos cerrados, y saboreo sus labios sobre mí. Me da la vuelta una vez más y recoge el final de la corbata.


—Ven —dice, tirando con suavidad, llevándome hacia la cómoda donde el resto del contenido de la caja está desplegado.


—Paula, estos objetos. —Levanta el obturador de trasero—. Este es de una talla demasiado grande. Como una virgen anal que eres, no querrás comenzar con esto. Queremos empezar con esto. —Levanta su dedo meñique, y yo jadeo, sorprendida.


Dedos… ¿allí? Él sonríe hacia mí, y la idea desagradable de la puñalada anal mencionada en el contrato me viene a la mente.


—Sólo dedo… en singular —dice en voz baja con la extraña habilidad que tiene de leer mi mente. Mis ojos se lanzan a los suyos. ¿Cómo hace eso?


—Estas pinzas son perversas. —Él prueba las pinzas de pezones—. Utilizaremos estas. —Él pone otro par de pinzas diferentes en la cómoda. Parecen gigantes horquillas negras para el cabello, pero con pequeñas joyas que cuelgan de ellas—. Son ajustables —murmulla Pedro, su voz mezclada con dulce preocupación.


Parpadeo hacia él, con los ojos abiertos. Pedro, mi mentor sexual. Sabe mucho más sobre todo esto que yo. Nunca me pondré al día. Frunzo el ceño. Él sabe más que yo de la mayoría de las cosas… excepto cocinar.


—¿Entendido? —pregunta.


—Sí —digo en voz baja, la boca seca—. ¿Vas a decirme lo que piensas hacer?


—No. Me lo estoy inventando sobre la marcha. Esto no es una escena, Paula.


—¿Cómo debo comportarme?


Su frente se arruga.


—Como quieras hacerlo.


¡Oh!


—¿Esperabas mi alter ego, Paula? —pregunta, con un tono vagamente burlón y desconcertado a la vez. Parpadeo hacia él.


—Bueno, sí. Me gusta —murmuro. Él sonríe con su sonrisa reservada y se estira para pasar su pulgar por mi mejilla.


—Sabes, ahora —suspira y roza su pulgar por mi labio inferior—, soy tu amante, Paula, no tu Dominante. Me encanta escuchar tu carcajada y tu risita tonta de niña. Me gusta verte relajada y feliz, como lo eras en las fotos de José. Esa es la chica que apareció en mi oficina. Esa es la chica de la que me enamoré.


Santo cielo. Mi boca cae abierta, y florece una cálida bienvenida en mi corazón. Es alegría… pura alegría.


—Pero habiendo dicho todo esto, también me gusta hacer cosas rudas contigo, señorita Chaves; y mi alter ego sabe un truco o dos. Por lo tanto, haz lo que te diga y da la vuelta. —Sus ojos brillan de maldad, y la alegría se mueve bruscamente hacia el sur, agarrándome con fuerza y apretándome todos los tendones debajo de mi cintura. Hago lo que me dice. Detrás de mí, él abre uno de los cajones y un momento después está delante de mí otra vez.


—Ven —ordena y me remolca por la corbata, llevándome hasta la mesa. A medida que caminamos junto al sofá, me doy cuenta por primera vez que todas las varas se han desvanecido. Me distrae. ¿Estaban allí ayer, cuando entré? 


No me acuerdo.


¿Pedro las había movido? ¿La Señora Jones? Pedro interrumpe mi línea de pensamiento.


—Quiero que te arrodilles en esto —dice cuando estamos en la mesa.


Oh, está bien. ¿Qué tiene en mente? Mi Diosa interna no puede esperar para saber; ya se ha echado con las piernas abiertas sobre la mesa y lo miraba con adoración.


Él me levanta suavemente sobre la mesa, y yo doblo las piernas por debajo de mí y me arrodillo delante de él, sorprendida por mi propia gracia. Ahora estamos cara a cara. Él pasa sus manos por mis muslos, agarra mis rodillas, empuja mis piernas abriéndolas, y se pone de pie justo en frente de mí. Se ve muy serio, sus ojos más oscuros, encubiertos... lujurioso.


—Brazos a tus espaldas. Voy a esposarte.


Él saca unas esposas de cuero de su bolsillo de atrás y se estira a mi alrededor. Esto es todo. ¿A dónde me va a llevar esta vez?


Su cercanía es intoxicante. Este hombre va a ser mi marido. 


¿Puede una desear a un marido así? No recuerdo haber leído algo así en ningún lugar. No lo puedo resistir, y rozo mis labios entreabiertos por su mandíbula, sintiendo su barba incipiente, una embriagadora combinación de rastrojo y suavidad, bajo mi lengua. Él se queda inmóvil y cierra los ojos. Su respiración se tambalea y se retira.


—Detente. O esto será más mucho más rápido de lo que cualquiera de nosotros quiere —me advierte. Por un momento, creo que podría estar enfadado, pero luego sonríe y sus ardientes ojos se iluminan con diversión.


—Eres irresistible —digo haciendo puchero.


—¿Lo soy ahora? —dice secamente.


Asiento con la cabeza.


—Bueno… no me distraigas, o te voy amordazar.


—Me gusta distraerte —susurro, mirándolo tercamente, y ladea una ceja hacia mí.


—O serán nalgadas.


¡Oh! Trato de ocultar mi sonrisa. Hubo una vez, no hace mucho tiempo, cuando había sido sometida por esta amenaza. Nunca habría tenido el valor de besarlo, de forma espontánea, mientras se encontraba en esta habitación. Me doy cuenta ahora, que ya no estoy intimidada por él. Esto es una revelación. Sonrío maliciosamente, y él me sonríe.


—Compórtate —gruñe y se hace para atrás, mirándome y golpeando las esposas de cuero en su palma. Y la advertencia está ahí, implícita en sus acciones. Trato de
lucir arrepentida, y creo que tengo éxito. Él se me acerca de nuevo.


—Eso es mejor —susurra y se inclina detrás de mí una vez más con las esposas. Me resisto a tocarlo, pero inhalo su aroma glorioso de Pedro, aún fresco de la ducha la noche anterior. Hmm… Debería embotellar esto.


Espero a que espose mis muñecas, pero sujeta cada esposa por encima de mis codos. Eso me hace arquear la espalda, empujando mis pechos hacia adelante, a pesar de que mis codos no están de ningún modo entre sí. Cuando ha terminado, se para hacia atrás para admirarme.


—¿Se siente bien? —pregunta. No es la más cómoda de las posiciones, pero estoy tan conectada con anticipación para ver a dónde va con esto que asiento, débil con deseo.


—Bien. —Él saca la máscara de su bolsillo trasero.


—Creo que has visto suficiente por ahora —murmura. 


Desliza la máscara sobre mi cabeza, tapándome los ojos. 


Mis respiraciones repuntan. Dios. ¿Por qué no ser capaz de ver lo erótico? Estoy aquí, atada y de rodillas sobre una mesa, a la espera… dulce anticipación caliente y pesada dentro de mi vientre. Todavía puedo oír, sin embargo, y sigue el ritmo melódico constante de la pista. Resuena a través de mi cuerpo. No lo había notado antes. Debe tenerlo en repetición.


Pedro retrocede. ¿Qué está haciendo? Se mueve de nuevo hacia la cómoda y abre un cajón, luego lo cierra de nuevo. 


Un momento más tarde está de vuelta, y lo siento delante de mí. Hay un picante, rico olor, almizclado en el aire. Es delicioso, casi se me hace la boca agua.


—No quiero arruinar mi corbata favorita —murmura. Poco a poco lo dice mientras la deshace.


Inhalo con fuerza cuando la punta de la corbata viaja hasta arriba por mi cuerpo, haciéndome cosquillas a su paso. 


¿Arruinar su corbata? Escucho agudamente para determinar lo que va a hacer. Él está frotándose las manos entre sí. 


Sus nudillos de repente se deslizan sobre mi mejilla, hasta llegar a mi mandíbula siguiendo mi línea de la mandíbula.


Mi cuerpo salta a la atención a medida que su contacto envía un delicioso escalofrío a través de mí. Su mano se flexiona sobre mi cuello, y éste resbala con el dulce aroma de aceite de modo que su mano se desliza suavemente hacia abajo por mi garganta, a través de mi clavícula, y hasta mi hombro, sus dedos masajeando con cuidado a medida que avanzan. Oh, estoy recibiendo un masaje. No es lo que esperaba.


Él coloca su otra mano en mi otro hombro y comienza un nuevo viaje burlón lento a través de mi clavícula. Gimo en voz baja mientras él se abre camino hacia abajo, hacia mis pechos cada vez más doloridos, doliendo por su tacto. Es tentador.


Arqueo más mi cuerpo bajo su excelente toque, pero sus manos se deslizan a mis lados, lentas y medidas, al ritmo de la música, y evitan calculadamente mis pechos.


Gimo, pero no sé si es de placer o frustración.


—Eres tan hermosa, Paula ―murmura en voz baja y ronca, con la boca junto a mi oído. Su nariz sigue a lo largo de mi mandíbula, mientras continúa masajeándome, debajo de mis pechos, a través de mi vientre, hacia abajo… Me besa fugazmente en los labios, luego corre su nariz a lo largo de mi cuello, mi garganta. Santo cielo, estoy en llamas… Su cercanía, sus manos, sus palabras.


—Y muy pronto vas a ser mi esposa para tener y mantener —susurra.


Oh mi...


—Para amar y cuidar.


Jesús.


—Con mi cuerpo, te voy a adorar.


Inclino mi cabeza hacia atrás y gimo. Sus dedos se deslizan a través de mi vello púbico, por encima de mi sexo, y frota la palma de su mano contra mi clítoris.


—Señora Alfonso ―susurra mientras la palma de su mano trabaja en contra de mí.


Jadeo.


—Sí —respira mientras su palma de la mano sigue atormentándome—. Abre tu boca.


Mi boca ya está abierta dado que estoy jadeando. La abro más, y él desliza un objeto grande de metal frío entre mis labios. Con la forma de un chupete de bebé de gran tamaño, tiene pequeños surcos o tallas, y lo que se siente como una cadena al final. Es grande.


—Succiona —me ordena en voz baja—. Voy a poner esto en tu interior.


¿Dentro de mí? ¿Dentro de mí, dónde? Mi corazón se tambalea en mi boca.


—Succiona —repite y detiene las palmas de sus manos.


No. No te detengas, me dan ganas de gritar, pero mi boca está llena. Sus manos aceitadas se deslizan de vuelta a mi cuerpo y, finalmente, ahuecan mis pechos olvidados.


—No dejes de succionar.


Suavemente enrolla mis pezones entre sus dedos pulgar e índice, y se endurecen y alargan bajo su toque experto, enviando ondas sinápticas de placer hasta llegar a mi ingle.


—Tienes esos hermosos pechos, Paula —murmura y mis pezones se endurecen aún más en respuesta. Murmura su aprobación y yo jadeo. Sus labios se mueven hacia abajo desde mi cuello hacia un pecho, dejando suaves mordiscos y succionando una y otra vez, hacia abajo hasta mi pezón, y de repente siento la presión de la pinza.


—¡Ah! ―Ahogo mi gemido a través del dispositivo en mi boca. Santo cielo, la sensación es exquisita, en bruto, doloroso, placentero… oh… el pellizco. Con suavidad, lame el pezón sobrio con su lengua, y cuando lo hace, se aplica al otro.


La mordedura de la segunda pinza es igual de dura. Pero igual de buena. Gimo ruidosamente.


—Siéntelo —susurra.


¡Oh, sí. Lo hago. Lo hago.


—Dame esto. —Él tira suavemente del chupete ornamentado de metal en mi boca, y yo lo suelto. Sus manos una vez más viajan por mi cuerpo, hacia mi sexo. Se ha re-aceitado las manos. Se deslizan en torno a mi espalda.


Se me corta la respiración. ¿Qué va a hacer? Me pongo tensa en mis rodillas mientras pasa sus dedos entre mis nalgas.


—Calla, tranquila —respira junto a mi oído y me besa en el cuello mientras sus dedos me golpean y juegan conmigo


¿Qué va a hacer? Su otra mano se desliza por mi vientre hacia mi sexo, palmeándome una vez más. Adentra sus dedos en mi interior, y me quejo ruidosamente, con aprecio.


—Voy a poner esto en tu interior —murmura—. No aquí. —Sus dedos se arrastran entre mis nalgas, extendiendo el aceite—. Sino aquí. —Mueve sus dedos de ida y vuelta, una y otra vez, dentro y fuera, golpeando la pared frontal de mi vagina.


Gimo y mis refrenados pezones se hinchan.


—Ah.


—Calla. —Pedro quita sus dedos y desliza el objeto dentro de mí. Él acuna mi cara y me besa, su boca invadiendo la mía, y oigo un chasquido muy débil. Al instante el artefacto dentro de mí empieza a vibrar… ¡allá abajo! Jadeo. La sensación es extraordinaria; más allá de cualquier cosa que haya sentido antes.


—¡Ah!


—Tranquila —me calma Pedro, ahogando mis jadeos con su boca. Sus manos se mueven hacia abajo y tiran con mucha suavidad de las pinzas. Grito en voz alta.


—¡Pedro, por favor!


—Silencio, nena. Aguanta ahí.


Esto es demasiado —todo esta sobre estimulación— en todas partes. Mi cuerpo empieza a elevarse, y de rodillas, soy incapaz de controlar la acumulación. Oh mi…


¿Seré capaz de manejar esto?


—Buena chica —me tranquiliza.


Pedro —jadeo, sonando desesperada, incluso a mis propios oídos.


—Silencio, siéntelo, Paula. No tengas miedo. —Sus manos están ahora en mi cintura, sosteniéndome, pero no me puedo concentrarme en sus manos, lo que hay dentro
de mí, y las pinzas, también. Mi cuerpo se está erigiendo, preparando una explosión… con las vibraciones incesantes y la tortura dulce, deliciosa de mis pezones. Santo infierno. 


Va a ser muy intenso. Sus manos se mueven de mis caderas, hacia abajo y alrededor, suaves y aceitadas, tocando, sintiendo, amasando mi piel… amasando mi trasero.


—Tan hermosa —murmura y de repente empuja suavemente un dedo ungido dentro de mí… ¡allí! En mi trasero. Mierda. Se siente extraño, lleno, prohibido.


Pero, oh, tan, bueno. Y se mueve lentamente, deslizándose dentro y fuera, mientras que sus dientes pacen por mi barbilla elevada.


—Tan hermosa, Paula.


Estoy suspendida en lo alto, muy por encima de un barranco ancho, muy amplio, y estoy volando luego cayendo vertiginosamente al mismo tiempo, sumiendo a la Tierra. No puedo sostenerlo más, y grito mientras mi cuerpo convulsiona y culmina en la plenitud abrumadora. A medida que mi cuerpo estalla, no soy nada más que sensación… en todas partes. Pedro libera primero una y luego la otra pinza, causando que mis pezones canten con una oleada de dulce, deliciosa sensación dolorosa, pero es oh-tan-buena que hace que mi orgasmo, este orgasmo, siga y siga. Su dedo permanece donde está, con suavidad deslizándose dentro y fuera.


—¡Argh! —grito, y Pedro se envuelve alrededor de mí, sosteniéndome, a medida que mi cuerpo sigue vibrando sin piedad en mi interior.


—¡No! ―grito una vez más, rogando, y esta vez retira el vibrador de mí, y su dedo, también, mientras que mi cuerpo sigue convulsionando.


Desata una de las esposas de modo que mis brazos caen libres. Mi cabeza cuelga en su hombro y estoy perdida, perdida en toda esta sensación abrumadora. Soy toda
aliento agotado, deseo exhausto y un dulce y bienvenido olvido.


Vagamente, me doy cuenta que Pedro me levanta, me lleva a la cama y me acuesta en las frías sábanas de satén. 


Después de un momento, sus manos, todavía con aceite, frotan gentilmente la parte trasera de mis muslos, mis rodillas, mis pantorrillas y mis hombros. Siento la cama descender cuando él se extiende a mi lado.


Me quita la máscara, pero no tengo la energía para abrir los ojos. Encontrando mi trenza, él deshace el nudo de cabello y se inclina, besándome suavemente en los labios. Sólo mi errática respiración perturba el silencio en la habitación y se
equilibra mientras floto lentamente de vuelta a la Tierra. La música se ha detenido.


—Tan hermosa —murmura.


Cuando logro abrir un ojo, él me está mirando, sonriendo suavemente.


—Hola —dice. Me las arreglo para gruñir una respuesta, y su sonrisa se amplía—. ¿Lo suficientemente brusco para ti?
Asiento y le doy una sonrisa a regañadientes. Caray, más rudo y tendría que dar palmadas a los dos.


—Creo que estás intentando asesinarme —murmuro.


—Muerte por orgasmo. —Sonríe con suficiencia—. Hay formas mucho peores — dice, pero luego frunce el ceño ligeramente mientras un pensamiento poco placentero cruza su mente. Me angustia. Me estiro y acaricio su cara.


—Puedes matarme así en cualquier momento —susurro. 


Noto que está gloriosamente desnudo y listo para la acción. 


Cuando toma mi mano y besa mis nudillos, me inclino y capturo su rostro entre mis manos y empujo su boca contra
la mía. Me besa un momento, luego se detiene.


—Esto es lo que quiero hacer —murmura y se estira bajo su almohada en busca del control remoto de la música. 


Presiona un botón y los suaves acordes de una guitarra hacen eco en las paredes.


—Quiero hacerte el amor —dice, mirándome, sus ojos grises brillando intensamente, amando con sinceridad. De fondo, suavemente, una voz familiar empieza a cantar “La Primera Vez que Vi tu Rostro”, y sus labios encuentran los míos.