martes, 13 de enero de 2015

CAPITULO 31





Pedro está frente a mí con una fusta de cuero trenzado. 


Solo lleva puestos unos Levi’s viejos, gastados y rotos. 


Golpea despacio la fusta contra la palma de su mano sin dejar de mirarme.


Esboza una sonrisa triunfante. No puedo moverme. Estoy desnuda y atada con grilletes, despatarrada en una enorme cama de cuatro postes. Se acerca a mí y me desliza la punta de la fusta desde la frente hasta la nariz, de manera que percibo el olor del cuero, y luego sigue hasta mis labios entreabiertos, que jadean. Me mete la punta en la boca y siento el sabor intenso del cuero.


—Chupa —me ordena en voz baja.


Obedezco y cierro los labios alrededor de la punta.


—Basta —me dice bruscamente.


Vuelvo a jadear mientras me saca la fusta de la boca y me la desliza desde la barbilla hasta el final del cuello. Le da vueltas despacio y sigue arrastrando la punta de la fusta por mi cuerpo, por el esternón, entre los pechos y por el torso, hasta el ombligo. Jadeo, me retuerzo y tiro de los grilletes, que me destrozan las muñecas y los tobillos. Me rodea el ombligo con la punta de cuero y sigue deslizándola por mi vello púbico hasta el clítoris. Sacude la fusta y me golpea con fuerza en el clítoris, y me corro gloriosamente gritando que me desate.


De pronto me despierto jadeando, bañada en sudor y sintiendo los espasmos posteriores al orgasmo. Dios mío. 


Estoy totalmente desorientada. ¿Qué demonios ha pasado? 


Estoy en mi cama sola. ¿Cómo? ¿Por qué? Me incorporo de un salto, conmocionada… Uau. Es de día. Miro el
despertador: las ocho. Me cubro la cara con las manos. No sabía que yo pudiera tener sueños sexuales. ¿Ha sido por algo que comí? Quizá las ostras y la investigación, que han acabado manifestándose en mi primer sueño erótico. Es desconcertante. No tenía ni idea de que pudiera correrme en sueños.


Lourdes se acerca a mí corriendo cuando entro tambaleándome en la cocina.


—Paula, ¿estás bien? Te veo rara. ¿Llevas puesta la americana de Pedro?


—Estoy bien.


Maldita sea. Debería haberme mirado en el espejo. Evito sus ojos verdes, que me atraviesan.


Todavía no me he recuperado del sueño.


—Sí, es la americana de Pedro.


Frunce el ceño.


—¿Has dormido?


—No muy bien.


Cojo la tetera. Necesito un té.


—¿Qué tal la cena?


Ya empieza…


—Comimos ostras. Y luego bacalao, así que diría que hubo bastante pescado.


—Uf… Odio las ostras, pero no estoy preguntándote por la comida. ¿Qué tal con Pedro? ¿De qué hablasteis?


—Se mostró muy atento.


Me callo. ¿Qué puedo decirle? No tiene VIH, le interesa la interpretación, quiere que obedezca todas sus órdenes, hizo daño a una mujer a la que colgó del techo de su cuarto de juegos y quería follarme en el comedor privado. ¿Sería un buen resumen? Intento desesperadamente recordar algo de mi cita con Pedro que pueda comentar con Lourdes.


—No le gusta Wanda.


—¿A quién le gusta, Paula? No es nada nuevo. ¿Por qué estás tan evasiva? Suéltalo, amiga mía.


—Lourdes, hablamos de un montón de cosas. Ya sabes… de lo quisquilloso que es con la comida.Por cierto, le gustó mucho tu vestido.


La tetera ya está hirviendo, así que me preparo una taza.


—¿Te apetece un té? ¿Quieres leerme tu discurso de hoy?


—Sí, por favor. Anoche estuve preparándolo en el Becca’s. Voy a buscarlo. Y sí, me apetece mucho un té.


Lourdes sale corriendo de la cocina.


Uf, he conseguido darle esquinazo a Lourdes Kavanagh. 


Abro un panecillo y lo meto en la tostadora. Me ruborizo pensando en mi intenso sueño. ¿Qué demonios ha pasado?


Anoche me costó dormirme. Estuve dando vueltas a diversas opciones. Estoy muy confundida. La idea que tiene Pedro de una relación se parece mucho a una oferta de empleo, con sus horarios, la descripción del trabajo y un procedimiento de resolución de conflictos bastante riguroso. 


No imaginaba así mi primera historia de amor… pero, claro, a Pedro no le interesan las historias de amor. Si le dijera que quiero algo más, seguramente me diría que no… y
me arriesgaría a perder lo que me ha ofrecido. Es lo que más me preocupa, porque no quiero perderlo. Pero no estoy segura de tener estómago para ser su sumisa… En el fondo, lo que me tira para atrás son las varas y los látigos. 


Como soy débil físicamente, haría lo que fuera por evitar
el dolor. Pienso en mi sueño… ¿Sería así? La diosa que llevo dentro da saltos con pompones de animadora gritándome que sí.


Lourdes vuelve a la cocina con su portátil. Me concentro en mi panecillo. Empieza a leer su dicurso, y yo la escucho pacientemente.


Estoy vestida y lista cuando llega Reinaldo. Abro la puerta de la calle y lo veo en el porche con un traje que no le queda nada bien. Siento una cálida oleada de gratitud y de amor hacia este hombre sencillo y me lanzo a sus brazos, una muestra de cariño poco habitual en mí. Se queda desconcertado, perplejo.


—Hola, Paula, yo también me alegro de verte —murmura abrazándome.


Me aparta un poco, y con las manos en mis hombros me mira de arriba abajo con el ceño fruncido.


—¿Estás bien, hija?


—Claro, papá. ¿No puedo alegrarme de ver a mi padre?


Sonríe arrugando las comisuras de sus ojos oscuros y me sigue hasta el comedor.


—Estás muy guapa —me dice.


—El vestido es de Lourdes—le digo bajando la mirada hacia el vestido gris de seda con la espalda descubierta.


Frunce el ceño.


—¿Dónde está Lourdes?


—Ha ido al campus. Va a pronunciar un discurso, así que tiene que estar allí antes.


—¿Vamos tirando?


—Papá, tenemos media hora. ¿Quieres un té? Cuéntame cómo está todo el mundo en Montesano. ¿Cómo te ha ido el viaje?


Reinaldo deja el coche en el aparcamiento del campus y seguimos a la multitud con birretes negros y rojos hasta el gimnasio.


—Suerte, Pau. Pareces muy nerviosa. ¿Tienes que hacer algo?


Dios mío… ¿Por qué le ha dado hoy a Reinaldo por ser observador?


—No, papá. Es un gran día.


Y voy a ver a Pedro Alfonso.


—Sí, mi niña se ha graduado. Estoy orgulloso de ti, Pau.


—Gracias, papá.


Cuánto quiero a este hombre…


El gimnasio está lleno de gente. Reinaldo va a sentarse a las gradas con los demás padres y asistentes, y yo me dirijo a mi asiento. Llevo mi toga negra y mi birrete, y siento que me protegen, que me permiten ser anónima. Todavía no hay nadie en el estrado, pero parece que no consigo calmarme. 


Me late el corazón a toda prisa y me cuesta respirar. Está por aquí, en algún sitio. Me pregunto si Lourdes está hablando con él, quizá interrogándolo. Me dirijo hacia mi asiento entre compañeros cuyos apellidos también empiezan por C. Estoy en la segunda fila, lo que me ofrece cierto anonimato. Miro hacia atrás y veo a Reinaldo en las gradas, arriba del todo. Lo saludo con un gesto. Me contesta agitando tímidamente la mano. Me siento y espero.


El auditorio no tarda en llenarse y el rumor de voces nerviosas aumenta progresivamente. La primera fila de asientos ya está ocupada. Yo estoy sentada entre dos chicas de otro departamento a las que no conozco. Es evidente que son muy amigas, y hablan muy nerviosas conmigo en medio.


A las once en punto aparece el rector desde detrás del estrado, seguido por los tres vicerrectores y los profesores, todos ataviados en negro y rojo. Nos levantamos y aplaudimos a nuestro personal docente. Algunos profesores asienten y saludan con la mano, y otros parecen aburridos.


El profesor Collins, mi tutor y mi profesor preferido, tiene pinta de acabar de levantarse, como siempre. Al fondo del escenario están Lourdes y PedroPedro lleva un traje gris a medida, y a las luces del auditorio brillan en su pelo mechones cobrizos. Parece muy serio y autosuficiente. Al sentarse, se desabrocha la americana y veo su corbata. Oh, Dios… ¡esa corbata! Me froto las muñecas en un gesto reflejo. No puedo apartar los ojos de él. Sin duda se ha puesto esa corbata a propósito. Aprieto los labios. El público se sienta y cesan los aplausos.


—¡Mira a aquel tipo! —cuchichea entusiasmada una de las chicas sentadas a mi lado.


—¡Está buenísimo! —le contesta la otra.


Me pongo tensa. Estoy segura de que no hablan del profesor Collins.


—Tiene que ser Pedro Alfonso.


—¿Está libre?


Se me ponen los pelos de punta.


—Creo que no —murmuro.


—Oh —exclaman las chicas mirándome sorprendidas.


—Creo que es gay —mascullo.


—Qué lástima —se lamenta una de las chicas.


Mientras el rector se levanta y da comienzo al acto con su discurso, veo que Pedro recorre disimuladamente la sala con la mirada. Me hundo en mi asiento y encojo los hombros para que no me vea. Fracaso estrepitosamente, porque un segundo después sus ojos encuentran los míos.


Me mira con rostro impasible, totalmente inescrutable. Me remuevo incómoda en mi asiento, hipnotizada por su mirada, y me ruborizo ligeramente. De pronto recuerdo mi sueño de esta mañana y se me contraen los músculos del vientre. 


Respiro hondo. Sus labios esbozan una leve y efímera sonrisa. Cierra un instante los ojos y al abrirlos recupera su expresión indiferente. Lanza una rápida mirada al rector y luego fija la vista al frente, en el emblema de la universidad colgado en la entrada. No vuelve a dirigir sus ojos hacia mí. 


El rector continúa con su monótono discurso, y Pedro sigue sin mirarme. Mira fijamente hacia delante.


¿Por qué no me mira? ¿Habrá cambiado de idea? Me inunda una oleada de inquietud. Quizá el hecho de que me marchara anoche fue el final también para él. Se ha aburrido de esperar a que me decida. Oh, no, quizá lo he fastidiado todo. Recuerdo su e-mail de anoche. Quizá esté enfadado porque no le he contestado.


De pronto la señorita Lourdes Kavanagh avanza por el estrado y la sala irrumpe en aplausos. El rector se sienta y Lourdes se echa la bonita melena hacia atrás y coloca sus papeles en el atril. Se toma su tiempo y no se siente intimidada por el millar de personas que están mirándola. 


Cuando está lista, sonríe, levanta la mirada hacia la multitud fascinada y empieza su discurso con elocuencia. Está tranquila y se muestra divertida. Las chicas sentadas a mi lado se ríen a carcajadas con su primera broma. Oh, Lourdes Kavanagh, tú si que sabes pronunciar un discurso. 


En esos momentos estoy tan orgullosa de ella que mis dispersos pensamientos sobre Pedro quedan a un lado. 


Aunque ya he oído su discurso, lo escucho atentamente. Domina la sala y se mete al público en el bolsillo.


Su tema es «¿Qué esperar después de la facultad?». Sí, ¿qué esperar? Pedro mira a Lourdes alzando las cejas, creo que sorprendido. Podría haber ido a entrevistarlo Lourdes, y ahora podría estar haciéndole proposiciones indecentes a ella. La guapa Lourdes y el guapo Pedro juntos. Y yo podría estar como las dos chicas sentadas a mi lado, admirándolo desde la distancia. Pero sé que Lourdes no le habría dado ni la hora. ¿Cómo lo llamó el otro día? Repulsivo. La idea de que Lourdes y Pedro se enfrenten me incomoda. Tengo que decir que no sé por quién de los dos apostaría. 


Lourdes termina su discurso con una floritura, y espontáneamente todo el mundo se levanta, la aplaude y la vitorea. Su primera ovación con el público en pie. Le sonrío y la aclamo, y ella me devuelve una sonrisa. Buen trabajo, Lourdes. Se sienta, el público también, y el rector se levanta y presenta a Pedro… Oh, Dios, Pedro va a dar un discurso. El rector hace un breve resumen de los logros de Pedro: presidente de su extraordinariamente próspera empresa, un hombre que ha llegado donde está por sus propios méritos…
—… y también un importante benefactor de nuestra universidad. Por favor, demos la bienvenida al señor Pedro Alfonso.


El rector estrecha la mano a Pedro, y la gente empieza a aplaudir. Se me hace un nudo en la garganta. Se acerca al atril y recorre la sala con la mirada. Parece tan seguro de sí mismo frente a nosotros como Lourdes hace un momento. 


Las dos chicas sentadas a mi lado se inclinan hacia
delante embelesadas. De hecho, creo que la mayoría de las mujeres del público, y algunos hombres, se inclinan un poco en sus asientos. Pedro empieza a hablar en tono suave, mesurado y cautivador.


—Estoy profundamente agradecido y emocionado por el gran honor que me han concedido hoy las autoridades de la Universidad Estatal de Washington, honor que me ofrece la excepcional posibilidad de hablar del impresionante trabajo que lleva a cabo el departamento de ciencias medioambientales de la universidad. Nuestro propósito es desarrollar métodos de cultivo viables y ecológicamente sostenibles para países del tercer mundo. Nuestro objetivo último es ayudar a erradicar el hambre y la pobreza en el mundo. Más de mil millones de personas, principalmente en el África subsahariana, el sur de Asia y Latinoamérica, viven en la más absoluta miseria. El mal funcionamiento de la agricultura es generalizado en estas zonas, y el resultado es la destrucción ecológica y social. Sé lo que es pasar hambre. Para mí, se trata de una travesía muy personal…


Se me desencaja la mandíbula. ¿Qué? Pedro ha pasado hambre. Maldita sea. Bueno, eso explica muchas cosas. Y recuerdo la entrevista. De verdad quiere alimentar al mundo. 


Me devano los sesos desesperadamente intentando recordar el artículo de Lourdes. Fue adoptado a los cuatro
años, creo. No me imagino que Gabriela lo matara de hambre, así que debió de ser antes, cuando era muy pequeño. Trago saliva y se me encoge el corazón pensando en un niñito de ojos grises hambriento. Oh, no. ¿Qué vida tuvo antes de que los Alfonso lo adoptaran y lo rescataran?


Me invade una indignación salvaje. El filantrópico Pedro pobre, jodido y pervertido. Aunque estoy segura de que él no se vería así a sí mismo y rechazaría todo sentimiento de lástima o piedad. De repente estalla un aplauso general y todo el mundo se levanta. Yo hago lo mismo, aunque no he escuchado la mitad de su discurso. 


Se dedica a esa gran labor, a dirigir una empresa enorme y al mismo tiempo a perseguirme. Resulta abrumador. 


Recuerdo los breves retazos de las conversaciones que le he oído sobre Darfur… Ahora encaja todo. Comida.


Sonríe brevemente ante el cálido aplauso —incluso Lourdes está aplaudiendo— y vuelve a su asiento. No mira en dirección a mí, y yo estoy descentrada intentando asimilar toda esta nueva información sobre él.




CAPITULO 30




Lourdes me ha prestado dos vestidos y dos pares de zapatos para esta noche y para el acto de mañana. Ojalá me entusiasmara más la ropa y pudiera hacer un esfuerzo extra, pero la verdad es que la ropa no es lo mío. ¿Qué es lo tuyo, Paula? La pregunta a media voz de Pedro me persigue. Intento acallar mis nervios y elijo el vestido color ciruela para esta noche. Es discreto y parece adecuado para una cita de negocios. Después de todo, voy a negociar un contrato.


Me ducho, me depilo las piernas y las axilas, me lavo el pelo y luego me paso una buena media hora secándomelo para que caiga ondulado sobre mis pechos y mi espalda. Me sujeto el cabello con un peine de púas para mantenerlo retirado de la cara y me aplico rímel y brillo de labios. Casi nunca me maquillo. Me intimida. Ninguna de mis heroínas literarias tiene que maquillarse. Quizá sabría algo más del tema si lo hicieran. Me pongo los zapatos de tacón a juego con el vestido, y hacia las seis y media estoy lista.


—¿Cómo estoy? —le pregunto a Lourdes.


Se ríe.


—Vas a arrasar, Paula. —Asiente satisfecha—. Estás de escándalo.


—¡De escándalo! Pretendo ir discreta y parecer una mujer de negocios.


—También, pero sobre todo estás de escándalo. Este vestido le va muy bien a tu tono de piel. Y se te marca todo —me dice con una sonrisita.


—¡Lourdes! —la riño.


—Las cosas como son, Paula. La impresión general es… muy buena. Con vestido, lo tendrás comiendo en tu mano.


Aprieto los labios. Ay, no entiendes nada.


—Deséame suerte.


—¿Necesitas suerte para quedar con él? —me pregunta frunciendo el ceño, confundida.


—Sí, Lourdes.


—Bueno, pues entonces suerte.


Me abraza y salgo de casa.


Tengo que quitarme los zapatos para conducir. Wanda, mi Escarabajo azul marino, no fue diseñado para que lo condujeran mujeres con tacones. Aparco frente al Heathman a las siete menos dos minutos exactamente y le doy las llaves al aparcacoches. Mira con mala cara mi Escarabajo, pero no le hago caso. Respiro hondo, me preparo mentalmente para la batalla y me dirijo al hotel.


Pedro está inclinado sobre la barra, bebiendo un vaso de vino blanco. Va vestido con su habitual camisa blanca de lino, vaqueros negros, corbata negra y americana negra. 


Lleva el pelo tan alborotado como siempre. Suspiro. Me quedo unos segundos parada en la entrada del bar,
observándolo, admirando la vista. Él lanza una mirada, creo que nerviosa, hacia la puerta y al verme se queda inmóvil. 


Pestañea un par de veces y después esboza lentamente una sonrisa indolente y sexy que me deja sin palabras y me derrite por dentro. Avanzo hacia él haciendo un enorme esfuerzo para no morderme el labio, consciente de que yo, Paula Chaves de Patosilandia, llevo tacones. Se levanta y viene hacia mí.


—Estás impresionante —murmura inclinándose para besarme rápidamente en la mejilla—. Un vestido, señorita Chaves. Me parece muy bien.


Me coge de la mano, me lleva a un reservado y hace un gesto al camarero.


—¿Qué quieres tomar?


Esbozo una ligera sonrisa mientras me siento en el reservado. Bueno, al menos me pregunta.


—Tomaré lo mismo que tú, gracias.


¿Lo ves? Sé hacer mi papel y comportarme. Divertido, pide otro vaso de Sancerre y se sienta frente a mí.


—Tienen una bodega excelente —me dice.


Apoya los codos en la mesa y junta los dedos de ambas manos a la altura de la boca. En sus ojos brilla una incomprensible emoción. Y ahí está… esa habitual descarga eléctrica que conecta con lo más profundo de mí. Me remuevo incómoda ante su mirada escrutadora, con el corazón latiéndome a toda prisa. Tengo que mantener la calma.


—¿Estás nerviosa? —me pregunta amablemente.


—Sí.


Se inclina hacia delante.


—Yo también —susurra con complicidad.


Clavo mis ojos en los suyos. ¿Él? ¿Nervioso? Nunca. 


Pestañeo y me dedica su preciosa sonrisa de medio lado. 


Llega el camarero con mi vino, un platito con frutos secos y otro con aceitunas.


—¿Cómo lo hacemos? —le pregunto—. ¿Revisamos mis puntos uno a uno?


—Siempre tan impaciente, señorita Chaves.


—Bueno, puedo preguntarte por el tiempo.


Sonríe y coge una aceituna con sus largos dedos. Se la mete en la boca, y mis ojos se demoran en ella, en esa boca que ha estado sobre la mía… en todo mi cuerpo. Me ruborizo.


—Creo que el tiempo hoy no ha tenido nada de especial —me dice riéndose.


—¿Está riéndose de mí, señor Alfonso?


—Sí, señorita Chaves.


—Sabes que ese contrato no tiene ningún valor legal.


—Soy perfectamente consciente, señorita Chaves.


—¿Pensabas decírmelo en algún momento?


Frunce el ceño.


—¿Crees que estoy coaccionándote para que hagas algo que no quieres hacer, y que además pretendo tener algún derecho legal sobre ti?


—Bueno… sí.


—No tienes muy buen concepto de mí, ¿verdad?


—No has contestado a mi pregunta.


—Paula, no importa si es legal o no. Es un acuerdo al que me gustaría llegar contigo… lo que me gustaría conseguir de ti y lo que tú puedes esperar de mí. Si no te gusta, no lo firmes. Si lo firmas y después decides que no te gusta, hay suficientes cláusulas que te permitirán dejarlo. Aun cuando fuera legalmente vinculante, ¿crees que te llevaría a juicio si decides marcharte?


Doy un largo trago de vino. Mi subconsciente me da un golpecito en el hombro. Tienes que estar atenta. No bebas demasiado.


—Las relaciones de este tipo se basan en la sinceridad y en la confianza —sigue diciéndome—. Si no confías en mí… Tienes que confiar en mí para que sepa en qué medida te estoy afectando, hasta dónde puedo llegar contigo, hasta dónde puedo llevarte… Si no puedes ser sincera conmigo, entonces es imposible.


Vaya, directamente al grano. Hasta dónde puede llevarme. Dios mío. ¿Qué quiere decir?


—Es muy sencillo,Paula. ¿Confías en mí o no? —me pregunta con ojos ardientes.


—¿Has mantenido este tipo de conversación con… bueno, con las quince?


—No.


—¿Por qué no?


—Porque ya eran sumisas. Sabían lo que querían de la relación conmigo, y en general lo que yo esperaba. Con ellas fue una simple cuestión de afinar los límites tolerables, ese tipo de detalles.


—¿Vas a buscarlas a alguna tienda? ¿Sumisas ’R’ Us?


Se ríe.


—No exactamente.


—Pues ¿cómo?


—¿De eso quieres que hablemos? ¿O pasamos al meollo de la cuestión? A las objeciones, como tú dices.


Trago saliva. ¿Confío en él? ¿A eso se reduce todo, a la confianza? Sin duda debería ser cosa de dos. Recuerdo su mosqueo cuando llamé a José.


—¿Tienes hambre? —me pregunta, y me distrae de mis pensamientos.


Oh, no… la comida.


—No.


—¿Has comido hoy?


Lo miro. Sinceramente… Maldita sea, no va a gustarle mi respuesta.


—No —le contesto en voz baja.


Me mira con expresión muy seria.


—Tienes que comer, Paula. Podemos cenar aquí o en mi suite. ¿Qué prefieres?


—Creo que mejor nos quedamos en terreno neutral.


Sonríe con aire burlón.


—¿Crees que eso me detendría? —me pregunta en voz baja, como una sensual advertencia.


Abro los ojos como platos y vuelvo a tragar saliva.


—Eso espero.


—Vamos, he reservado un comedor privado.


Me sonríe enigmáticamente y sale del reservado tendiéndome una mano.


—Tráete el vino —murmura.


Le cojo de la mano, salgo y me paro a su lado. Me suelta la mano, me toma del brazo, cruzamos el bar y subimos una gran escalera hasta un entresuelo. Un chico con uniforme del Heathman se acerca a nosotros.


—Señor Alfonso, por aquí, por favor.


Lo seguimos por una lujosa zona de sofás hasta un comedor privado, con una sola mesa. Es pequeño, pero suntuoso. Bajo una lámpara de araña encendida, la mesa está cubierta por lino almidonado, copas de cristal, cubertería de plata y un ramo de rosas blancas. Un encanto antiguo y sofisticado impregna la sala, forrada con paneles de madera. El camarero me retira la silla y me siento. Me coloca la servilleta en las rodillas. Pedro se sienta frente a mí. Lo miro.


—No te muerdas el labio —susurra.


Frunzo el ceño. Maldita sea. Ni siquiera me he dado cuenta de que estaba haciéndolo.


—Ya he pedido la comida. Espero que no te importe.


La verdad es que me parece un alivio. No estoy segura de que pueda tomar más decisiones.


—No, está bien —le contesto.


—Me gusta saber que puedes ser dócil. Bueno, ¿dónde estábamos?


—En el meollo de la cuestión.


Doy otro largo trago de vino. Está buenísimo. A Pedro Alfonso se le dan bien los vinos. Recuerdo el último trago que me ofreció, en mi cama. El inoportuno pensamiento hace que me ruborice.


—Sí, tus objeciones.


Se mete la mano en el bolsillo interior de la americana y saca una hoja de papel. Mi e-mail.


—Cláusula 2. De acuerdo. Es en beneficio de los dos. Volveré a redactarlo.


Pestañeo. Dios mío… vamos a ir punto por punto. No me siento tan valiente estando con él.


Parece tomárselo muy en serio. Me armo de valor con otro trago de vino. Pedro sigue.


—Mi salud sexual. Bueno, todas mis compañeras anteriores se hicieron análisis de sangre, y yo me hago pruebas cada seis meses de todos estos riesgos que comentas. Mis últimas pruebas han salido perfectas. Nunca he tomado drogas. De hecho, estoy totalmente en contra de las drogas, y mi empresa lleva una política antidrogas muy estricta. Insisto en que se hagan pruebas aleatorias y por sorpresa a mis empleados para detectar cualquier posible consumo de drogas.


Uau… La obsesión controladora llega a la locura. Lo miro perpleja.


—Nunca me han hecho una transfusión. ¿Contesta eso a tu pregunta?


Asiento, impasible.


—El siguiente punto ya lo he comentado antes. Puedes dejarlo en cualquier momento, Paula.
No voy a detenerte. Pero si te vas… se acabó. Que lo sepas.


—De acuerdo —le contesto en voz baja.


Si me voy, se acabó. La idea me resulta inesperadamente dolorosa.


El camarero llega con el primer plato. ¿Cómo voy a comer? 


Madre mía… ha pedido ostras sobre hielo.


—Espero que te gusten las ostras —me dice Pedro en tono amable.


—Nunca las he probado.


Nunca.


—¿En serio? Bueno. —Coge una—. Lo único que tienes que hacer es metértelas en la boca y tragártelas. Creo que lo conseguirás.


Me mira y sé a qué está aludiendo. Me pongo roja como un tomate. Me sonríe, exprime zumo de limón en su ostra y se la mete en la boca.


—Mmm, riquísima. Sabe a mar —me dice sonriendo—. Vamos —me anima.


—¿No tengo que masticarla?


—No, Paula.


Sus ojos brillan divertidos. Parece muy joven.


Me muerdo el labio, y su expresión cambia instantáneamente. Me mira muy serio. Estiro el brazo y cojo mi primera ostra. Vale… esto no va a salir bien. Le echo zumo de limón y me la meto en la boca. Se desliza por mi garganta, toda ella mar, sal, la fuerte acidez del limón y su textura carnosa… Oooh. Me chupo los labios. Pedro me mira fijamente, con ojos impenetrables.


—¿Y bien?


—Me comeré otra —me limito a contestarle.


—Buena chica —me dice orgulloso.


—¿Has pedido ostras a propósito? ¿No dicen que son afrodisiacas?


—No, son el primer plato del menú. No necesito afrodisiacos contigo. Creo que lo sabes, y creo que a ti te pasa lo mismo conmigo —me dice tranquilamente—. ¿Dónde estábamos?


Echa un vistazo a mi e-mail mientras cojo otra ostra.


A él le pasa lo mismo. Lo altero… Uau.


—Obedecerme en todo. Sí, quiero que lo hagas. Necesito que lo hagas. Considéralo un papel, Paula.


—Pero me preocupa que me hagas daño.


—Que te haga daño ¿cómo?


—Daño físico.


Y emocional.


—¿De verdad crees que te haría daño? ¿Que traspasaría un límite que no pudieras aguantar?


—Me dijiste que habías hecho daño a alguien.


—Sí, pero fue hace mucho tiempo.


—¿Qué pasó?


—La colgué del techo del cuarto de juegos. Es uno de los puntos que preguntabas, la suspensión.Para eso son los mosquetones. Con cuerdas. Y apreté demasiado una cuerda.


Levanto una mano suplicándole que se calle.


—No necesito saber más. Entonces no vas a colgarme…


—No, si de verdad no quieres. Puedes pasarlo a la lista de los límites infranqueables.


—De acuerdo.


—Bueno, ¿crees que podrás obedecerme?


Me lanza una mirada intensa. Pasan los segundos.


—Podría intentarlo —susurro.


—Bien —me dice sonriendo—. Ahora la vigencia. Un mes no es nada, especialmente si quieres un fin de semana libre cada mes. No creo que pueda aguantar lejos de ti tanto tiempo. Apenas lo consigo ahora.


Se calla.


¿No puede aguantar lejos de mí? ¿Qué?


—¿Qué te parece un día de un fin de semana al mes para ti? Pero te quedas conmigo una noche entre semana.


—De acuerdo.


—Y, por favor, intentémoslo tres meses. Si no te gusta, puedes marcharte en cualquier momento.


—¿Tres meses?


Me siento presionada. Doy otro largo trago de vino y me concedo el gusto de otra ostra. Podría aprender a que me gustaran.


—El tema de la posesión es meramente terminológico y remite al principio de obediencia. Es para situarte en el estado de ánimo adecuado, para que entiendas de dónde vengo. Y quiero que sepas que, en cuanto cruces la puerta de mi casa como mi sumisa, haré contigo lo que me dé la gana.
Tienes que aceptarlo de buena gana. Por eso tienes que confiar en mí. Te follaré cuando quiera, como quiera y donde quiera. Voy a disciplinarte, porque vas a meter la pata. Te adiestraré para que me complazcas.
»Pero sé que todo esto es nuevo para ti. De entrada iremos con calma, y yo te ayudaré.
Avanzaremos desde diferentes perspectivas. Quiero que confíes en mí, pero sé que tengo que ganarme tu confianza, y lo haré. El «en cualquier otro ámbito»… de nuevo es para ayudarte a meterte en situación. Significa que todo está permitido.


Se muestra apasionado, cautivador. Está claro que es su obsesión, su manera de ser… No puedo apartar los ojos de él. Lo quiere de verdad. Se calla y me mira.


—¿Sigues aquí? —me pregunta en un susurro, con voz intensa, cálida y seductora.


Da un trago de vino sin apartar su penetrante mirada de mis ojos.


El camarero se acerca a la puerta, y Pedro asiente ligeramente para indicarle que puede retirar los platos.


—¿Quieres más vino?


—Tengo que conducir.


—¿Agua, pues?


Asiento.


—¿Normal o con gas?


—Con gas, por favor.


El camarero se marcha.


—Estás muy callada —me susurra Pedro.


—Tú estás muy hablador.


Sonríe.


—Disciplina. La línea que separa el placer del dolor es muy fina, Paula. Son las dos caras de una misma moneda. La una no existe sin la otra. Puedo enseñarte lo placentero que puede ser el dolor. Ahora no me crees, pero a eso me refiero cuando hablo de confianza. Habrá dolor, pero nada que no puedas soportar. Volvemos al tema de la confianza. ¿Confías en mí, Paula?


¡Paula!


—Sí, confío en ti —le contesto espontáneamente, sin pensarlo.


Y es cierto. Confío en él.


—De acuerdo —me dice aliviado—. Lo demás son simples detalles.


—Detalles importantes.


—Vale, comentémoslos.


Me da vueltas la cabeza con tantas palabras. Tendría que haberme traído la grabadora de Lourdes para poder volver a oír después lo que me dice. Demasiada información, demasiadas cosas que procesar. El camarero vuelve a aparecer con el segundo plato: bacalao, espárragos y puré de patatas con salsa holandesa. En mi vida había tenido menos hambre.


—Espero que te guste el pescado —me dice Pedro en tono amable.


Pincho mi comida y bebo un largo trago de agua con gas. Me gustaría mucho que fuera vino.


—Hablemos de las normas. ¿Rompes el contrato por la comida?


—Sí.


—¿Puedo cambiarlo y decir que comerás como mínimo tres veces al día?


—No.


No voy a ceder en este tema. Nadie va a decirme lo que tengo que comer. Cómo follo, de acuerdo, pero lo que como… no, ni hablar.


—Necesito saber que no pasas hambre.


Frunzo el ceño. ¿Por qué?


—Tienes que confiar en mí —le digo.


Me mira un instante y se relaja.


—Touché, señorita Chaves —me dice en tono tranquilo—. Acepto lo de la comida y lo de dormir.


—¿Por qué no puedo mirarte?


—Es cosa de la relación de sumisión. Te acostumbrarás.


¿Seguro?


—¿Por qué no puedo tocarte?


—Porque no.


Aprieta los labios con obstinación.


—¿Es por la señora Robinson?


Me mira con curiosidad.


—¿Por qué lo piensas? —E inmediatamente lo entiende—. ¿Crees que me traumatizó?


Asiento.


—No, Paula, no es por ella. Además, la señora Robinson no me aceptaría estas chorradas.


Ah… pero yo sí tengo que aceptarlas. Pongo mala cara.


—Entonces no tiene nada que ver con ella…


—No. Y tampoco quiero que te toques.


¿Qué? Ah, sí, la cláusula de que no puedo masturbarme.


—Por curiosidad… ¿por qué?


—Porque quiero para mí todo tu placer —me dice en tono ronco, aunque decidido.


No sé qué contestar. Por un lado, ahí está con su «Quiero morderte ese labio»; por el otro, es muy egoísta. Frunzo el ceño y pincho un trozo de bacalao intentando evaluar mentalmente qué me ha concedido. La comida y dormir. Va a tomárselo con calma, y aún no hemos hablado de los límites tolerables. Pero no estoy segura de que pueda afrontar ese tema con la comida en la mesa.


—Te he dado muchas cosas en las que pensar, ¿verdad?


—Sí.


—¿Quieres que pasemos ya a los límites tolerables?


—Espera a que acabemos de comer.


Sonríe.


—¿Te da asco?


—Algo así.


—No has comido mucho.


—Lo suficiente.


—Tres ostras, cuatro trocitos de bacalao y un espárrago. Ni puré de patatas, ni frutos secos, ni aceitunas. Y no has comido en todo el día. Me has dicho que podía confiar en ti.


Vaya, ha hecho el inventario completo.


Pedro, por favor, no suelo mantener conversaciones de este tipo todos los días.


—Necesito que estés sana y en forma, Paula.


—Lo sé.


—Y ahora mismo quiero quitarte ese vestido.


Trago saliva. Quitarme el vestido de Lourdes. Siento un tirón en lo más profundo de mi vientre.


Algunos músculos con los que ahora estoy más familiarizada se contraen con sus palabras. Pero no puedo aceptarlo. Vuelve a utilizar contra mí su arma más potente. 


Es fabuloso practicando el sexo… Hasta yo me he dado cuenta de ello.


—No creo que sea una buena idea —murmuro—. Todavía no hemos comido el postre.


—¿Quieres postre? —me pregunta resoplando.


—Sí.


—El postre podrías ser tú —murmura sugerentemente.


—No estoy segura de que sea lo bastante dulce.


—Paula, eres exquisitamente dulce. Lo sé.


Pedro, utilizas el sexo como arma. No me parece justo —susurro contemplándome las manos.


Luego lo miro a los ojos. Alza las cejas, sorprendido, y veo que está sopesando mis palabras. Se presiona la barbilla, pensativo.


—Tienes razón. Lo hago. Cada uno utiliza en la vida lo que sabe, Paula. Eso no quita que te desee muchísimo. Aquí. Ahora.


¿Cómo es posible que me seduzca solo con la voz? Estoy ya jadeando, con la sangre circulándome a toda prisa por las venas, y los nervios estremeciéndose.


—Me gustaría probar una cosa —me dice.


Frunzo el ceño. Acaba de darme un montón de ideas que tengo que procesar, y ahora esto.


—Si fueras mi sumisa, no tendrías que pensarlo. Sería fácil —me dice con voz dulce y seductora —. Todas estas decisiones… todo el agotador proceso racional quedaría atrás. Cosas como «¿Es lo correcto?», «¿Puede suceder aquí?», «¿Puede suceder ahora?». No tendrías que preocuparte de esos detalles. Lo haría yo, como tu amo. Y ahora mismo sé que me deseas, Paula.


Arrugo el ceño todavía más. ¿Cómo está tan seguro?


—Estoy tan seguro porque…


Maldita sea, contesta a las preguntas que no le hago. ¿Es también adivino?


—… tu cuerpo te delata. Estás apretando los muslos, te has puesto roja y tu respiración ha cambiado.


Vale, es demasiado.


—¿Cómo sabes lo de mis muslos? —le pregunto en voz baja, en tono incrédulo.


Pero si están debajo de la mesa, por favor.


—He notado que el mantel se movía, y lo he deducido basándome en años de experiencia. No me equivoco, ¿verdad?


Me ruborizo y me miro las manos. Su juego de seducción me lo pone muy difícil. Él es el único que conoce y entiende las normas. Yo soy demasiado ingenua e inexperta. Mi único punto de referencia es Lourdes, pero ella no aguanta chorradas de los hombres. Las demás referencias que tengo son del mundo de la ficción: Elizabeth Bennet estaría indignada, Jane Eyre, aterrorizada, y Tess sucumbiría, como yo.


—No me he terminado el bacalao.


—¿Prefieres el bacalao frío a mí?


Levanto la cabeza de golpe y lo miro. Un deseo imperioso brilla en sus ojos ardientes como plata fundida.


—Pensaba que te gustaba que me acabara toda la comida del plato.


—Ahora mismo, señorita Chaves, me importa una mierda su comida.


Pedro, no juegas limpio, de verdad.


—Lo sé. Nunca he jugado limpio.


La diosa que llevo dentro frunce el ceño e intenta convencerme. Tú puedes. Juega a su juego.


¿Puedo? De acuerdo. ¿Qué tengo que hacer? Mi inexperiencia es mi cruz. Pincho un espárrago, lo miro y me muerdo el labio. Luego, muy despacio, me meto la punta del espárrago en la boca y la chupo.


Pedro abre los ojos de manera imperceptible, pero yo lo noto.


—Paula, ¿qué haces?


Muerdo la punta.


—Estoy comiéndome un espárrago.


Pedro se remueve en su silla.


—Creo que está jugando conmigo, señorita Chaves.


Finjo inocencia.


—Solo estoy terminándome la comida, señor Alfonso.


En ese preciso momento el camarero llama a la puerta y entra sin esperar respuesta. Mira un segundo a Pedro, que le pone mala cara pero asiente enseguida, así que el camarero recoge los platos. La llegada del camarero ha roto el hechizo, y me aferro a ese instante de lucidez.


Tengo que marcharme. Si me quedo, nuestro encuentro solo podrá terminar de una manera, y necesito poner ciertas barreras después de una conversación tan intensa. Mi cabeza se rebela tanto como mi cuerpo se muere de deseo. 


Necesito algo de distancia para pensar en todo lo que
me ha dicho. Todavía no he tomado una decisión, y su atractivo y su destreza sexual no me lo ponen nada fácil.


—¿Quieres postre? —me pregunta Pedro, tan caballeroso como siempre, pero con ojos todavía ardientes.


—No, gracias. Creo que tengo que marcharme —le digo mirándome las manos.


—¿Marcharte? —me pregunta sin poder ocultar su sorpresa.


El camarero se retira a toda prisa.


—Sí.


Es la decisión correcta. Si me quedo en este comedor con él, me follará. Me levanto con determinación.


—Mañana tenemos los dos la ceremonia de la entrega de títulos.


Pedro se levanta automáticamente, poniendo de manifiesto años de arraigada urbanidad.


—No quiero que te vayas.


—Por favor… Tengo que irme.


—¿Por qué?


—Porque me has planteado muchas cosas en las que pensar… y necesito cierta distancia.


—Podría conseguir que te quedaras —me amenaza.


—Sí, no te sería difícil, pero no quiero que lo hagas.


Se pasa la mano por el pelo mirándome detenidamente.


—Mira, cuando viniste a entrevistarme y te caíste en mi despacho, todo eran «Sí, señor», «No, señor». Pensé que eras una sumisa nata. Pero, la verdad, Paula, no estoy seguro de que tengas madera de sumisa —me dice en tono tenso acercándose a mí.


—Quizá tengas razón —le contesto.


—Quiero tener la oportunidad de descubrir si la tienes —murmura mirándome. Levanta un brazo, me acaricia la cara y me pasa el pulgar por el labio inferior—. No sé hacerlo de otra manera,Paula. Soy así.


—Lo sé.


Se inclina para besarme, pero se detiene antes de que sus labios rocen los míos. Busca mis ojos con la mirada, como pidiéndome permiso. Alzo los labios hacia él y me besa, y como no sé si volveré a besarlo más, me dejo ir. Mis manos se mueven por sí solas, se deslizan por su pelo, lo atraen hacia mí. Mi boca se abre y mi lengua acaricia la suya. Me agarra por la nuca para besarme más profundamente, respondiendo a mi ardor. Me desliza la otra mano por la espalda, y al llegar al final de la columna, la detiene y me aprieta contra su cuerpo.


—¿No puedo convencerte de que te quedes? —me pregunta sin dejar de besarme.


—No.


—Pasa la noche conmigo.


—¿Sin tocarte? No.


—Eres imposible —se queja. Se echa hacia atrás y me mira fijamente—. ¿Por qué tengo la impresión de que estás despidiéndote de mí?


—Porque voy a marcharme.


—No es eso lo que quiero decir, y lo sabes.


Pedro, tengo que pensar en todo esto. No sé si puedo mantener el tipo de relación que quieres.


Cierra los ojos y presiona su frente contra la mía, lo cual nos da a ambos la oportunidad de relajar la respiración. Un momento después me besa en la frente, respira hondo, con la nariz hundida en mi pelo, me suelta y da un paso atrás.


—Como quiera, señorita Chaves —me dice con rostro impasible—. La acompaño hasta el vestíbulo.


Me tiende la mano. Me inclino, cojo el bolso y le doy la mano. Maldita sea, esto podría ser todo. Lo sigo dócilmente por la gran escalera hasta el vestíbulo. Siento picores en el cuero cabelludo, la sangre me bombea muy deprisa. Podría ser el último adiós si decido no aceptar. El corazón se me contrae dolorosamente en el pecho. Qué giro tan radical… Qué gran diferencia puede suponer para una chica un momento de lucidez.


—¿Tienes el ticket del aparcacoches?


Saco del bolso el ticket y se lo doy. Pedro se lo entrega al portero. Lo miro mientras esperamos.


—Gracias por la cena —murmuro.


—Ha sido un placer como siempre, señorita Chaves —me contesta educadamente, aunque parece sumido en sus pensamientos, abstraído por completo.


Lo observo detenidamente y memorizo su hermoso perfil. Me obsesiona la desagradable idea de que podría no volver a verlo. Es demasiado doloroso para planteármelo. De pronto se gira y me mira con expresión intensa.


—Esta semana te mudas a Seattle. Si tomas la decisión correcta, ¿podré verte el domingo? —me pregunta en tono inseguro.


—Ya veremos. Quizá —le contesto.


Por un momento parece aliviado, pero enseguida frunce el ceño.


—Ahora hace fresco. ¿No has traído chaqueta?


—No.


Mueve la cabeza enfadado y se quita la americana.


—Toma. No quiero que cojas frío.


Parpadeo mientras la sostiene para que me la ponga. Y al pasar los brazos por las mangas, recuerdo el momento en su despacho en que me puso la chaqueta sobre los hombros —el día en que lo conocí—, y la impresión que me causó. Nada ha cambiado. En realidad, ahora es más intenso. Su americana está caliente, me viene muy grande y huele a él… delicioso.


Llega mi coche. Pedro se queda boquiabierto.


—¿Ese es tu coche?


Está horrorizado. Me coge de la mano y sale conmigo a la calle. El aparcacoches sale, me tiende las llaves, y Pedro le da una propina.


—¿Está en condiciones de circular? —me pregunta fulminándome con la mirada.


—Sí


—¿Llegará hasta Seattle?


—Claro que sí.


—¿Es seguro?


—Sí —le contesto irritada—. Vale, es viejo, pero es mío y funciona. Me lo compró mi padrastro.


—Paula, creo que podremos arreglarlo.


—¿Qué quieres decir? —De pronto lo entiendo—. Ni se te ocurra comprarme un coche.


Me mira con el ceño fruncido y la mandíbula tensa.


—Ya veremos —me contesta.


Hace una mueca mientras me abre la puerta del conductor y me ayuda a entrar. Me quito los zapatos y bajo la ventanilla. 


Me mira con expresión impenetrable y ojos turbios.


—Conduce con prudencia —me dice en voz baja.


—Adiós, Pedro —le digo con voz ronca, como si estuviera a punto de llorar.


No, no voy a llorar. Le sonrío ligeramente.


Mientras me alejo, siento una presión en el pecho, empiezan a aflorar las lágrimas y trato de ahogar el llanto. Las lágrimas no tardan en rodar por mis mejillas, aunque la verdad es que no entiendo por qué lloro. Me he mantenido firme. Él me lo ha explicado todo, y ha sido claro. Me desea, pero necesito más. Necesito que me desee como yo lo deseo y lo necesito, y en el fondo sé que no es posible. 


Estoy abrumada.


Ni siquiera sé cómo catalogarlo. Si acepto… ¿será mi novio? 

¿Podré presentárselo a mis amigos?

¿Saldré con él de copas, al cine o a jugar a los bolos? Creo que no, la verdad. No me dejará tocarlo ni dormir con él. Sé que no he hecho estas cosas en el pasado, pero quiero hacerlas en el futuro. Y no es este el futuro que él tiene previsto.


¿Qué pasa si digo que sí, y dentro de tres meses él dice que no, que se ha cansado de intentar convertirme en algo que no soy? ¿Cómo voy a sentirme? Me habré implicado emocionalmente durante tres meses y habré hecho cosas que no estoy segura de que quiera hacer. Y si después
me dice que no, que se ha acabado el acuerdo, ¿cómo voy a sobrellevar el rechazo? Quizá lo mejor sea retirarse ahora, que mantego mi autoestima más o menos intacta.


Pero la idea de no volver a verlo me resulta insoportable. ¿Cómo se me ha metido en la piel en tan poco tiempo? No puede ser solo el sexo, ¿verdad? Me paso la mano por los ojos para secarme las lágrimas. No quiero analizar lo que siento por él. Me asusta lo que podría descubrir.


¿Qué voy a hacer?


Aparco frente a nuestra casa. No veo luces encendidas, así que Lourdes debe de haber salido. Es un alivio. No quiero que vuelva a pillarme llorando. Mientras me desnudo, enciendo el cacharro infernal y encuentro un mensaje de Pedro en la bandeja de entrada.


filete


De: Pedro Alfonso

Fecha: 25 de mayo de 2014 22:01

Para: Paula Chaves

Asunto: Esta noche


No entiendo por qué has salido corriendo esta noche. Espero sinceramente haber contestado a todas tus preguntas de forma satisfactoria. Sé que tienes que plantearte muchas cosas y espero fervientemente que consideres en serio mi propuesta. Quiero de verdad que esto funcione. Nos lo tomaremos con calma.
Confía en mí.


Pedro Alfonso

Presidente de Alfonso Enterprises Holdings, Inc.


Este e-mail me hace llorar más. No soy una fusión empresarial. No soy una adquisición. Leyendo este correo, cualquiera diría que sí. No le contesto. No sé qué decirle, la verdad. Me pongo el pijama y me meto en la cama envuelta en su americana. Tumbada, en la oscuridad, pienso en
todas las veces que me ha advertido que me mantuviera alejada de él.


«Paula, deberías mantenerte alejada de mí. No soy un hombre para ti.»


«Yo no tengo novias.»


«No soy un hombre de flores y corazones.»


«Yo no hago el amor.»


«No sé hacerlo de otra manera.»


Es lo último a lo que me aferro mientras lloro en silencio, con la cara hundida en la almohada.


Tampoco yo sé hacerlo de otra manera. Quizá juntos podamos encontrar otro camino.